jueves, 8 de enero de 2009

Anne Sexton en El Cultural. Por A. Sáenz de Zaitegui.


La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo. A este económico nombre responde el tiburón tigre más célebre de la historia: el que en 1992 D. Hirst sumergió en una pecera de formol para mostrarnos que el miedo sobrevive a su origen. Vemos el tiburón. Nos decimos: “está muerto”. Pero al tiburón se le teme, siempre.

No la muerte, sino la percepción humana de la misma: Vive o muere. Un cuarto de siglo antes que Hirst, Anne Sexton (La Gran Poeta Confesional Americana, Massachusetts 1928-1974) estudió la incapacidad de las criaturas vivas para imaginar nada que no sea la vida. Maníaca-bipolar-hiperlúcida: una sola mujer para todas las voces de la humanidad. Por ejemplo, ésta es Sexton en su papel de cristiana de ocho años con inquietudes teológicas: “Cuando era un niño pequeño / Jesús era bueno todo el rato. / No es de extrañar que se convirtiera en un pez gordo / que podía perdonar tanto a la gente. / Cuando murió todo el mundo era malo. / Más tarde se levantó cuando nadie más estaba mirando. / O bien estaba escondido o bien / subió. / ¿Quizá sólo se estaba escondiendo? / ¿Quizá podía volar?” (“Pascua protestante”). Y ésta es Sexton perdiendo su condición de Anne: “Estaba cansada de ser mujer, / cansada de cucharas y cazuelas, / cansada de mi boca y mis pechos, / cansada de cremas y de sedas. […] No soy más mujer / que Cristo fue un hombre” (“Acom-pañada de ángeles”). Y ésta vuelve a ser Sexton, ministra de últimos adioses: “Deja que este Dios que es una hembra te coloque / sobre su canoa, una diosa desnuda hasta la cintura, / húmeda en aceite de sudor y palma, una mujer de honor y alboroque, / pechos fieros, miembros portentosos, limpios de cabalgadura” (“En algún lugar de África”). Alienación, ritos funerarios: seguimos vivos.

Muerte Sexton™: nadie ha soñado nunca el suicidio con tanta belleza como ella. Ni siquiera Sylvia Plath: “¿qué es tu muerte / sino una vieja pertenencia, / un lunar que cayó / de uno de tus poemas?” (“La muerte de Sylvia”). Son danzas macabras que suenan a cielo (“Nadé –aunque la marea entraba como diez mil orgasmos”), a pas à deux entre un fin deseable y unos medios perfectamente razonables: “los suicidas tienen un lenguaje especial./ Como carpinteros, quieren conocer con qué herramientas./ No preguntarán por qué construir. / Me he afirmado dos veces con facilidad, / he poseído al enemigo, he comido al enemigo, / he aprendido su arte y magia” (“Querer morir”). Tras 46 años de persecución, Sexton dio caza a la Parca. De nada le sirvieron a la pobre reputación ni guadaña. No cuando los pulmones revientan de monóxido de carbono de tubo de escape. Y, más allá del non plus ultra, la epifanía: “No hay noticias en el miedo / pero al final es el miedo / el que te ahoga” (“Imitaciones del ahogamiento”). Los seres humanos no morimos de muerte. Morimos de miedo a morir. De miedo al tiburón.

Anne Sexton llegó a la poesía como otros llegan al Prozac: por prescripción de su psiquiatra. Esta ex modelo reconvertida en genio de la literatura universal nos observa desde la portada de este Pulitzer 1967 con el cigarrillo en la diestra y la la inteligencia de Dios en la mirada. Y nos sonríe de reojo. Es la sonrisa de quien sabe algo que los demás ignoran. La sonrisa del tiburón.

A. SÁENZ DE ZAITEGUI

 
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