martes, 9 de junio de 2009

Poemas de amor de Anne Sexton en El Cultural



Como he venido haciendo desde que comenzó la fiebre sextiana, hoy he visto por primera vez en una librería la 2ª edición de Vive o muere, voy a poner en este blog otra crítica a la obra traducida de Anne, en este caso al libro Poemas de amor que ha publicado Ben Clark en Linteo.

Me resulta curioso que a algunas personas les haya resultado a su vez curioso que promocione un libro que, según creen, compite con Vive o muere. Me voy a poner, o a calzar mejor, la gorra de humano, y luego me pondré la de economista porque me gustaría cerrar este tema.

No sé que ocurre con las traducciones en otros géneros pero las traducciones en poesía se hacen por amor al arte. Con esto quiero decir que es evidente que se cobra, pero el dinero cobrado, dividido por las horas de trabajo, da una cifra muy baja. Es el amor a la poesía, y perdón por utilizar la palabra maldita, y el amor a algunos poemas, lo que nos lleva a la traducción. Por tanto, si a uno le gusta un autor y hay otro libro de ese mismo autor, me parecería el colmo del egoísmo hablar solamente del libro de "uno". Y entrecomillo uno porque aunque sea nuestra la traducción, tengo serias dudas sobre nuestra verdadera propiedad. A esto añado una condición ni suficiente ni necesaria: la amistad.

Cogiendo el gorro de economista un momento, hay que entender poco de psicología comercial para pensar que dos libros de un mismo autor son competencia. Es bastante más probable que la lectura de uno de ellos lleve a la lectura de otro. Los lectores en general, y en especial los de poesía, miran con ojos muy fijos los autores de los libros. Hablar de competencia cuando hablamos de libros del mismo autor es no conocer los mecanismos de intercambio de deseos del comprador. Es más, hablar de competencia en poesía, y entre poetas, me produce desasosiego. Existe la falsa creencia entre los profanos, y entre muchos economistas ultraliberales, de que la competencia siempre es beneficiosa. Se olvida, entre muchas cosas, la teoría de juegos aplicada al campo de las ciencias sociales. Recuerdo que el equilibro de Nash (el Nash de la película Una mente maravillosa) se descubrió en 1950. Hace 59 años. Vivimos en la época de los dogmas de la competencia y el libre mercado que la teoría económica, y la práctica, han desmontado.

Me desvío. Siento haber escrito un preámbulo tan grande pero así me ahorro explicaciones sucesivas. Es más, ojalá en un futuro tenga más tiempo para promocionar no sólo los libros de los autores más cercanos por traducción sino de cualquiera buen poeta.


Reseña de Poemas de Amor de Anne Sexton en El Cultural:


Los poetas (los buenos) son gentes de poco fiar. Nos venden poemas de amor, pero lo que compramos son versos como “Aún hoy nuestro perro está lleno / del espíritu de nuestro perro muerto / y cojea sobre tres patas, / alzando la pata del perro muerto”. Los poetas (los mejores) nos incomodan, nos descentran. Hacen de nosotros no consumidores de literatura, sino lectores.

Anne Sexton (1928-1974) vivió sentada en el extremo opuesto a la especie humana. Esto le permitió extraer arte de su locura, escribir el poema “Amando al asesino” y repensar una idea de amor que, en 1969, pedía a gritos postmodernizarse. Sexton no es la donna angelicata del petrarquismo, ni el ángel del hogar de la América patrocinada por Kellogg’s en los 50. ésa es la cónyuge legal: “Ella está toda allí. / Fue derretida cuidadosamente para ti / y moldeada desde tu infancia, / moldeada desde tus cien edades preferidas. […] / Ella no es un experimento. Ella es toda armonía”. Y ésta es Anne, la amante sobrenaturalmente lúcida.

Pocos mitos más misóginos que el amor. A no ser que hagamos de él un acto de autoafirmación: “El final de la aventura es siempre la muerte. / Ella es mi taller. Ojo resbaladizo, / fuera de la tribu de mí misma mi aliento / te encuentra ausente. Horrorizo / a aquellos que están cerca. Estoy saciada. / De noche, sola, desposo la cama”. En “La balada de la masturbadora sola”, la poeta cierra su cuerpo al mundo, niega que el amor sea cosa de dos y recuerda por qué los franceses llaman al orgasmo la petite mort. Y su voz suena a himno de victoria.

Es un reto encontrar en estos Poemas de amor un solo poema de amor. “Canción para un camisón rojo” es una oda al erotismo fetichista. “Una y otra vez, y otra vez de nuevo” posee una cualidad de pesadilla infantil digna de El Bosco. “En celebración de mi útero” es un monólogo interior que concluye con un yes tan revolucionario como el de Molly Bloom. Y si aceptamos que Sexton es una visionaria (y lo es, a la altura del mismísimo Blake), tal vez sea hora de asumir que, contra el testimonio de dos mil años de literatura, el amor es, en realidad, precisamente esto.

A. SÁENZ DE ZAITEGUI


 
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