miércoles, 18 de mayo de 2011

Breve comentario al texto de «Poesía ante la Incertidumbre» y reseña de El juramento por Sáenz de Zaitegui (El Cultural)


Ésta creo que será la última reseña sobre El Juramento de la pista de frontón. No por ser la última es menos importante.

Antes de entrar a realizar un pequeño comentario sobre la reseña de Ainhoa y dejar su texto, quería escribir un pequeño apunte. El viernes pasado estuve en la presentación de la poesía reunida de Jorge Reichmann. Al acabar el acto, no recuerdo quién me felicitó porque nuestro libro de Ashbery había estado en el segundo lugar de libros más vendidos de poesía la semana anterior y en el tercer lugar ese mismo viernes en la lista de El Cultural. Como vivo en mi mundo, ni me había enterado. Así que vaya un agradecimiento inmenso a los lectores del libro, por quienes vale la pena el enorme esfuerzo de trabajo que conllevó su realización. Muchas gracias a todos ellos.

Aquella tarde, de fondo, escuché a algún poeta hablar de un «panfleto», textos especialmente atractivos para mí, que se había publicado en torno a un libro colectivo y cuya existencia desconocía. Hoy he podido leer el texto. Desgraciadamente no llega a ser un panfleto pero da para una pequeña reflexión personal.

No hay una visión unívoca de la poesía. La poesía no es buena porque sea clara y accesible para un iletrado, ni tampoco es buena porque sea hermética y comprensible sólo para un IQ de 180. Hay, verdad de Perogrullo, poesía buena en ambas concepciones, y poesía mala, lo habitual, en ambas poéticas. Esa postura totalitaria de que la única poesía buena es la figurativa, de índole confesional porque de social no tiene nada, es tan ridícula como la afirmación de lo contrario. Estamos y vivimos, afortunadamente, en una época de pluralidad y, dosificada, de una relativa democracia poética. Cada uno puede y debe escribir lo que quiera sin necesidad de culpar a la poesía no figurativa de la falta de lectores. Los poetas latinos ya se quejaban de la crisis de la poesía. No es una novedad.

Tampoco es una novedad la polémica entre sencillez y complejidad. La pelea por excelencia entre poetas democráticos y poetas elitistas es la protagonizada por Cicerón y los neotéricos o poetae noui (en palabras de Cicerón). Contra la supuesta accesibilidad de la poesía tradicional inspirada en Homero en Grecia y en Ennio en Roma, los poetas helenísticos griegos (Calímaco) y neotéricos latinos (Catulo) oponían una poesía sofisticada, alusiva y elusiva, que era vista por la vieja guardia (Cicerón) como puro virtuosismo técnico para la cual Cicerón decía no tener paciencia ni tiempo. Para él, toda novedad, toda experimentación, era síntoma de corrupción y decadencia. No hemos cambiado demasiado en dos mil años. Siguen existiendo aspirantes a cicerones. Dictar. Por alguna razón el texto comentado me suena a un dictado.

Culpar del problema de ventas a ciertas poéticas complejas es de una simpleza analítica preocupante.  Primero porque nadie obliga a este grupo a escribir de una determinada manera como parecen querer ellos obligar a los demás. Pueden seguir escribiendo como quieran buscando el máximo número de lectores posible y la sencillez más extrema. Segundo, porque lo que para a unos resulta incomprensible para otros puede ser plenamente accesible. Y tercero, porque la poesía figurativa y la poesía vanguardista conviven sin problemas en las librerías y entre lectores. La semana pasada, en la lista de libros más vendidos de El Cultural, el primer puesto estaba ocupado por Luis García Montero y en el segundo estaba nuestro libro de John Ashbery. ¿Es eso malo? ¿O es que quieren copar todos los puestos? Cada lector es distinto y hay gente a la que le atrae la poesía como reto intelectual, a otros como diario confesional... Y a otros muchos nos gusta simplemente la buena poesía, sin etiquetas ni pensamientos únicos. En la antología que preparé titulada La diferencia entre Pepsi y Coca-Cola está presente desde el confesionalismo extremo de Sharon Olds hasta la poesía neovanguardista de Jorie Graham. Una antología unidireccional no es una antología sino una reunión de gemelos en un hotel de Las Vegas. La poesía, como cualquier arte, no puede tender a la estabulación gregaria de una única corriente de pensamiento. Desde el proteccionismo, el adoctrinamiento estético y el conservadurismo se puede llegar a la renuncia a toda la herencia de las vanguardias de la primera mitad del siglo XX, una nueva Edad de Oro en la historia de la cultura universal. Sólo falta solicitar, por incomprensible, el cierre del Museo Reina Sofía y todos aquellos que lleven acoplado el adjetivo «contemporáneo».

Lo anterior enlaza además con el tema de la emoción que comenta el prólogo del libro. Su descripción de la emoción es unidimensional y pre-romántica. La crítica al irracionalismo tiene la misma escasa consistencia. Como si la poesía de grandes poetas españoles vivos como Juan Carlos Mestre, que introduce el irracionalismo en varios de sus poemas, no atrajera a miles de lectores. Como si algunos de los poetas que mencionan en su canon no hubieran escrito poemarios tan alejados de la poética que ellos pretender imponer, desde El libro de las alucinaciones de Pepe Hierro al Poeta en Nueva York, de Lorca, pasando por la mayor parte de los textos de César Vallejo e incluso algunos poetas que a priori ni imaginarían (léase El irracionalismo en la poesía de Miguel Hernández escrito por Sultana Wahnón).

Eso sin entrar en las muy diversas definiciones de ese concepto llamado racionalismo no sólo desde el punto de vista literario, sino incluso desde la física moderna, que ha destrozado el concepto de normalidad, determinismo y lógica. El irracionalismo, y sus vertientes dionisíacas, es una parte de la razón. Es el canto del hombre a la incapacidad epistemológica del ser humano para entender el mundo. Es Kierkegaard y Nietzsche. Es Platón. Y tantas mentes brillantes más a lo largo de la historia de la literatura y la filosofía. La razón, siguiendo a Foucalt, no puede ser instrumento de conocimiento ya que parte de la generación de constructos mentales que crean una ilusión de realidad y orden, y hacen que el sujeto se vuelva sumiso al poder. El irracionalismo es la forma en la que el sujeto se rebela frente a ese orden aparente y se libera de las reglas arbitrarias de la lógica.

Como forma de llamar la atención y reclamo de marketing cortoplacista, el texto podría estar mucho más trabajado a nivel intelectual. Como idea, es totalitaria y reduccionista. Puro pensamiento único en la era de la diversidad.

Existe un texto redactado por decenas de poetas, que no tiene nada que ver con mi texto, y que comparto y recomiendo. Se pueden adherir al mismo indicando nombre y apellidos, ciudad-país de residencia y profesión/ocupación en el siguiente correo: firmas.cartabierta@gmail.com . Quienes deseen leer el texto me pueden mandar un correo a la dirección que figura en mi perfil o buscarlo en google bajo el título: «Carta abierta en defensa de la pluralidad y convivencia de poéticas»

Respecto a la reseña de Ainhoa, me gusta su peculiar y original enfoque a un texto tan exigente. Me gusta cuando dice que las palabras son pura geometría y prevalecen sobre lo semántico en un lugar donde la sintaxis es apenas un mal recuerdo de pasadas esclavitudes. Ainhoa entiende el desafío intelectual del libro, se enfrenta a él sin cobardía, con autoexigencia, y da nuevos matices críticos brillantes a un libro sobre el que ya se había escrito largamente. Quien diga que la crítica española de poesía también está en crisis creo que puede leer las distintas reseñas que he publicado en esta página y que son una pequeña muestra de que la gente se queja como gimotean los niños mimados. Vivimos un momento extraordinario de riqueza poética y crítica. Debemos valorarlo y sentirnos afortunados. Para terminar, escribe Sáenz de Zaitegui que «La incertidumbre es una posibilidad y es buena». Cuánta razón.


El juramento de la pista de frontón por Ainhoa Sáenz de Zaitegui (El Cultural)

Los escritores nos odian. Si James Joyce concibió su Finnegans Wake con la intención de mantenernos ocupados durante trescientos años (de momento, su plan funciona), John Ashbery se propone crear un poema de decir una sola palabra. Los críticos no somos malas personas. O no tanto como para merecer esto.

Alguien dijo que el hombre será inmortal cuando decida serlo. El juramento de la pista de frontón se acerca bastante a ese punto de no retorno. De Ashbery suelen predicarse surrealismos y posmodernidades. Pues estupendo. A otros nos parece que se trata simplemente de introducir por la fuerza una montaña rusa en las circunvoluciones del cerebro: "E incluso se negó a vivir/ en un mundo y devolvió el silbido/ de todo lo que existe terriblemente cerca de nosotros/ como tú mi amor, y la luz". No es un sistema de pensamiento à la Robert Frost. Tampoco una enmienda a la totalidad divina, como ocurre con Wallace Stevens. Ashbery es más material, más concreto. Privilegia la narración en detrimento de la abstracción. Las palabras como pura geometría prevalecen sobre lo semántico. La sintaxis es apenas un mal recuerdo de pasadas esclavitudes. Ashbery es un dios de cosas pequeñas: sus pronombres son misterios de la humanidad. Se divierte con el cortaypega incluso más que Burroughs. Y cuando saca el T. S. Eliot que lleva dentro, hace encajar las piezas del puzzle a base de martillazos: "Mi única cosa nueva:/ el castigo de la luz eterna/ sobre las cabezas de los que estaban allí/ y de nuevo en la noche, la tos del pétalo moribundo". Ashbery no es un poeta: es una voluntad suprema a punto de levantarse en armas contra la condición humana. Deberíamos detenerle antes de que sea demasiado tarde. "He perdido los hermosos sueños/ que lograban seguir caminando,/ fríos y pacientes". Ashbery es cruel. Nos da esperanza. Conocemos el significado de todas las palabras. No intuimos ideas prohibitivas. De vez en cuando, incluso creemos haber encontrado el hilo del que tirar para deshacer la trama: "Ya no había ninguna necesidad de que el mundo se dividiera/ en conejito, cuando él había perseguido a la liee./ Él tenía que ser/ presión, tan desaparecida del aire". Editor, traductor y un valiente, Julio Mas nos provee de todas las piedras necesarias para derrotar a Goliat: introducción, notas, incluso una entrevista con el gigante.

Parece que nos habla un dios. Ashbery nos pone a prueba. Desafía nuestra inteligencia, nuestra cultura. Nos impone un nivel de autoexigencia como ningún otro poeta vivo. Nos hace mejores lectores, menos conformistas, más ambiciosos. Modifica nuestra percepción de la literatura. Cuando nos enfrentamos a "Idaho", célebre por ser probablemente el poema con más signos de interrogación de todos los tiempos, comprendemos que la poesía puede ser una experiencia más allá de la pura interpretación: "Y los nombres propios,/ sangre sacada del coraje/ para arreglar/ para sentir/ el tallo del aire". Ashbery crea una especie nueva de lector: inmunizado contra la manía de desear entenderlo todo, consciente de que la incertidumbre es una posibilidad, y es buena. De "Idaho" nos atrae el secreto. Nos hace sentir que aspiramos a algo más grande que nosotros mismos.

Las mejores mentes de varias generaciones trabajan en régimen estajanovista para romper el Código Ashbery. No apto para autoestimas delicadas. El juramento de la pista de frontón es historia viva de nuestro inconformismo contra todo. El infierno poético se ha desatado. Que los genios continúen castigando la estupidez con sus obras maestras. Que sigan odiando. Porque nosotros los amaremos con locura, siempre.

 
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2 Responses to "Breve comentario al texto de «Poesía ante la Incertidumbre» y reseña de El juramento por Sáenz de Zaitegui (El Cultural)"
  1. José Luis dijo...
    19 de mayo de 2011, 17:22

    Jodeeeeeerrrr!!!
    Y nos lo queríamos perder!
    Cuánto iluminado pulula por la vida!
    Un abrazo, amigo!!

  2. Julio Mas Alcaraz dijo...
    19 de mayo de 2011, 17:55

    Iluminación de lámpara de bajo consumo. Más triste no puede ser la luz.

    Me voy pa' Sol que os donde mejor se está en estos momentos con diferencia. No sé si al final conseguiremos algo pero al menos estamos en la calle, gritamos, cantamos, nos divertimos y nos expresamos con LIBERTAD.

    Tengo que hacer un post con los mejores eslóganes y carteles que he visto.

    Abrazos múltiples

 

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