jueves, 5 de abril de 2012

Nuevas reseñas para "El niño que bebió agua de brújula"

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Dos generosas reseñas por parte de dos magníficos poetas

Revista Mercurio, número 138, febrero de 2012, por Javier Lostalé

Escritura Universo

Hay libros de poemas que desde su mismo título abren dentro del lector una multiplicidad de significados y un ámbito de misterio. Es lo que sucede con el segundo poemario de Julio Mas titulado El niño que bebió agua de brújula, publicado por Calambur, donde —entendemos— aparece la infancia, el agua en su sentido lustral o bautismal y la brújula con su dirección tantas veces marcada por el destino en el caso del ser humano, y que, unida al agua, puede ser —y cito a Antonio Gamoneda, a quien se debe el frontispicio del libro— “sed de desvarío”.

Hay libros cuya escritura es un universo por la amplitud de contenidos y por la interacción de géneros (narrativo, escénico, cinematográfico), sin que en ningún momento se desvirtúen el lenguaje y la tensión poéticos. Estamos ante uno de ellos, fruto de la fuerza simbólica e imaginativa de un poeta ya con mayúsculas, conocido hasta ahora por su labor de traducción de la poesía norteamericana contemporánea. Estructurado en ocho tiempos y un epílogo, El niño que bebió agua de brújula nos apresa desde el primer momento con la idea de que se nos va a contar algo, y que seremos habitados (siempre la poesía nos habita) por un presente, un pasado y un futuro con “sorpresa” que no es sino la vuelta al principio, enmascarado tras el índice en los dos textos finales, cerrándose de este modo el círculo. Hay a veces también en este poemario un sujeto lírico y un narrador que respiran en versos que ocupan los lados izquierdo y derecho de la página, y no faltan personajes ni un concurrente monólogo interior. La historia que el propio autor nos comentó que quería narrar es la de alguien que, tras perder a su amada, enloquece y debe ser internado en un psiquiátrico (lo que queda reflejado al principio del libro), del que sale dispuesto a encontrar un nuevo amor a través de un viaje con resultado positivo, salvo esa “sorpresa” aludida, pues como escribe Julio Mas refiriéndose a la presencia de la amada: “Ella no está, de nuevo. Porque ya era tarde la realidad cuando llegó el ser. Era verdad lo eterno. El tiempo podía quedarse fuera. Definitivo en su inexistencia”.

Historia en la que no necesita el lector pensar para sumergirse en el mundo íntimo y colectivo, racional e irracional, onírico y visual de esta obra, creada mediante una escritura abierta a todos los sentidos, llena de radiaciones, con una gran fuerza visionaria y una imaginación engendradora, en la que la realidad y la ficción se entreveran y la Naturaleza dota a todo de una energía primaria y de una verdad y una desnudez cósmicas, como cuando se trata de los que mueren en su travesía en pateras: “Pasan cadáveres flotando. Las olas los saltan y mueven sus / largos cabellos de emigrantes…”. Cósmica es también en este libro la soledad; y el amor, tendente a la fusión de los amantes y a injertarse en lo eterno y universal. Y hay asimismo una visión panteísta de ser en todo, una fe en el poder liberador de los sueños y una conciencia de la realidad escindida en que vivimos, de la existencia ilusoria conocida como “dualidad”. Muy importante es, igualmente, la presencia de la ciudad como un organismo más y la tensión emocional que presta la infancia, la imposibilidad de volver a ella. Julio Mas ha conseguido con El niño que bebió agua de brújula alumbrar una escritura universo en la que caben inagotables lecturas.

http://www.revistamercurio.es/index.php/revistas/724-43poesia


Suplemento literario El Perseguidor, por Jorge de Arco

Con una dicción arriesgada y una original conciencia creadora, Julio Mas Alcaraz (Madrid, 1970) suma su segundo poemario con “El niño que bebió agua de brújula” (Calambur. Madrid, 2011). “Nuestras madres, de pequeños, cada mañana, nos daban una cucharada de agua de brújula”, escribe. Y de aquellos sorbos de infancia, se mojan estos poemas que, también son apuntes, reflexiones, sentencias, sorpresivas pinceladas que
dibujan un tiempo que respira incertidumbre: “Y la identidad que se muda, / el uno, como/ el desconocimiento, soy. / El aire
en lo hundido”.

En su frontispicio, Antonio Gamoneda anota que, “la luz es albergue de tiniebla, pero la luz/ es una cápsula plenaria”. Y de lumbre y de sombras, dice y mucho, Julio Mas Alcaraz en estos versos que fluyen como ríos, corriente abajo, en busca de “lo inorgánico y lo eterno”. Consciente de que
la soledad es un dulce juego donde nace y muere la inspiración, su discurso marca una fina línea de plata por donde cruzan plurales objetos, inquietantes paisajes,incandescentes protagonistas…, materia
exacta, al cabo, para sus textos. Pero sobre ellos, se alza un yo lírico que se mantiene alerta y vigilante: “En la mente detenida
no existe un lugar del que no forme parte y sea: las cumbres, las piedras, la arena. También soy las orillas. Soy todas esas cosas y todas ellas son yo”. Y en ellas, el autor se copia y se refleja. Y sale victorioso de una apuesta personalísima y desobediente.

 
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