martes, 11 de octubre de 2011
Cubierta de El niño que bebió agua de brújula
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Julio Mas Alcaraz
Labels: A ella la despidieron, Amalia Iglesias, Calambur, El niño que bebió agua de brújula, Emilio Torné
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Esta es la magnífica portada de El niño que bebió agua de brújula, realizada por Emilio Torné. No sé si el interior del libro estará a la altura de la cubierta. El poemario comienza ya a distribuirse en librerías y estará disponible también en Amazon España. A este niño lo edita Calambur, una de las mejores editoriales de poesía que conozco. Es un honor para mí estar en su colección.
Hace unas pocas semanas, en la sección Uni-versos del suplemento cultural de ABC, se publicó un anticipo del libro. La labor que Amalia Iglesias realiza para la poesía en ese suplemento no tiene precio. Voy a incluir sólo uno de los dos poemas aparecidos en ABC.
Aunque el poema lo escribe el sujeto poético enamorado de su amada, lo he elegido porque, sin tener la textura poética de otras partes del libro, refleja el tiempo en el que vivimos. Todos conocemos a amigos o familiares que han sido despedidos y todos sufrimos, en mayor o menor medida, este desorden económico mundial que se lleva construyendo tantos años: las personas en mercancías, las finanzas como dueñas del mundo, la injusticia... Sirva este poemita como pequeño homenaje a tantísimas personas que lo están pasando mal en un mundo que avanza hacia su propio abismo.
A ella la despidieron
por sacar de la farmacia las cremas más caras
y untarlas sobre las úlceras de los vagabundos.
Por dar de comer y beber a los animales que viven
dentro de los oboes y las tubas.
Por pintar esos trozos de paisaje que roban los barrotes
en las ventanas de los manicomios.
Por cambiar las monótonas canciones
de los semáforos para invidentes.
Por recoger los duendes de la lluvia
con máscaras de esgrima.
Por deslizar galletas debajo de las puertas
a los chicos castigados en el orfanato.
Por imantar el almacén
de la fábrica de armas.
Por volver a unir, a escondidas, los eslabones
de los péndulos de los zahoríes.
Por regalar unas gafas de eclipse
a la niña que se enamoró del sol.
Por arrullar y acariciar
a las reses del matadero.
miércoles, 15 de junio de 2011
F for Fake
En su famoso documental «F for Fake», Orson Welles recuerda una frase de Picasso: «El arte es una mentira que nos hace darnos cuenta de la verdad». El artista sería entonces un profesional de la mentira, otro más, al servicio de la verdad, que puede ser mostrar esa misma mentira y su metamorfosis.
Un aspecto vital de la película es indicar que el valor de una pintura depende de la opinión de los expertos. Welles los llama «los nuevos oráculos», «presuntuosos que hablan desde la autoridad suprema». Dice el genio americano que «pretenden saber algo pero sólo lo saben de manera superficial. Y nos inclinamos ante ellos. Son el regalo de Dios para el falsificador». A continuación muestra lo fácil que es engañar a estos expertos. Si es tan sencillo engañarles, ¿quién es el experto y quién el falsificador?
El director nortamericano nos enseña que no es tan importante si la pintura es genuina o una copia. Lo importante es si es una buena falsificación o una mala pintura. Los museos de todo el mundo están llenos de falsificaciones de Elmyr de Hory y otros artistas con talento. Lo mismo que dice Welles sobre la pintura podría extenderse al resto de las artes. Y por qué no a la economía, a la política o a la vida. Un poema falsificado y pasado como poema de, por ejemplo, Eliot, tendrá, sólo por su firma, un valor muy superior al mismo poema escrito por un desconocido. ¿Hasta qué punto somos libres de la opinión de los expertos que nos indican, en cada rama del arte, quienes son geniales y quienes no lo son? ¿No es «F for Fake» una prueba de que la firma termina siendo el punto de mayor valor de una obra?
¿Hasta que punto nuestras mentiras son falsas y nuestras verdades ciertas? ¿Hasta dónde somos reales?
Un aspecto vital de la película es indicar que el valor de una pintura depende de la opinión de los expertos. Welles los llama «los nuevos oráculos», «presuntuosos que hablan desde la autoridad suprema». Dice el genio americano que «pretenden saber algo pero sólo lo saben de manera superficial. Y nos inclinamos ante ellos. Son el regalo de Dios para el falsificador». A continuación muestra lo fácil que es engañar a estos expertos. Si es tan sencillo engañarles, ¿quién es el experto y quién el falsificador?
El director nortamericano nos enseña que no es tan importante si la pintura es genuina o una copia. Lo importante es si es una buena falsificación o una mala pintura. Los museos de todo el mundo están llenos de falsificaciones de Elmyr de Hory y otros artistas con talento. Lo mismo que dice Welles sobre la pintura podría extenderse al resto de las artes. Y por qué no a la economía, a la política o a la vida. Un poema falsificado y pasado como poema de, por ejemplo, Eliot, tendrá, sólo por su firma, un valor muy superior al mismo poema escrito por un desconocido. ¿Hasta qué punto somos libres de la opinión de los expertos que nos indican, en cada rama del arte, quienes son geniales y quienes no lo son? ¿No es «F for Fake» una prueba de que la firma termina siendo el punto de mayor valor de una obra?
¿Hasta que punto nuestras mentiras son falsas y nuestras verdades ciertas? ¿Hasta dónde somos reales?
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domingo, 29 de mayo de 2011
Feliz cumpleaños, maestro Gamoneda
Hoy, Antonio, cumples 80 años. 80 años nada sencillos. 80 años de orfandad atravesados por la lucha contra la censura franquista, contra el hambre palpable y la injusticia. Muchos tiempo de pelea y escritura clandestina que ahora parecen aparentemente borrados bajo el esplendor del triunfo poético en el final, ojalá largo, de tu carrera.
Es difícil hablar objetivamente de una persona tan cariñosa, tan entrañable y tan extraordinaria en su poesía. Y tampoco hay necesidad de falacias objetivas. Para mí eres el mejor poeta español vivo en lengua castellana. No son tan sólo párpados ya amarillos de admiración quienes te miran. El poeta español.más traducido tras los grandes nombres del 27 es un dato fácil de entender. E irrefutable.
Lleno de Billie Holiday el blog como regalo sencillo. Y reflexiono. Durante estos años el mercado del silencio se ha convertido en el mercado. La pobreza no asciende de los edificios sino que desciende sobre ellos. Eran obedientes. Lo siguen siendo. Y es toda la piel de la mentira. Toda su profundidad, con o sin los espejos de la muerte. Necesitamos tu voz en este país donde siguen sumergiendo los cuerpos en aguas que no palpitan. Aceptemos, eso sí, por favor, te ruego, la posibilidad. La esperanza de las tormentas.
Poema
Mi amistad está sobre ti como una madre sobre su pequeño que sueña con cuchillos.
No te pondré otra venda que la que está raída alrededor de mi cuerpo, no te pondré otro aceite que el que descansa dentro de mis ojos.
Ciertamente es una histora horrible el silencio pero hay una salud que sucede a la desesperación.
Acuérdate de la paz en los comercios abandonados, acuérdate de la dulzura en las habitaciones donde se corrompía el olvido. Nadie tenía razón ni esperanza, ¿qué podíamos hacer?
Ahora pasan vencejos entre el nogal y su sonido tiembla sobre mí.
Tú, lejos, duermes entre alaridos, hijo mío, tú que acostumbrabas a enloquecer a los maestros y a las mujeres que se deslizaban debajo de tus dedos.
Puedes venir a repartir los alimentos y las mentiras delante de mi rostro. ¿Por qué quemas tu lengua en los vacíos escavados en pómez, por qué te abres a las semillas implacables, a las linazas adventicias?
Puedes cantar en mis manos pero te desdices encima de tu belleza.
Harías mucho mejor acercándote.
Descripción de la mentira (1977, 1986 y 2006)
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domingo, 22 de mayo de 2011
Fernando Beltrán en la Tertulia Hispanoamericana Rafael Montesinos
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Julio Mas Alcaraz
Labels: Fernando Beltrán, Tertulia Hispanoamericana Rafael Montesinos
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El próximo martes 24 de mayo, a las 19.30 Fernando Beltrán leerá poemas publicados e inéditos en la Tertulia Hispanoamericana Rafael Montesinos. Tendré el honor de presentarle y tratará de hacerlo de la manera más breve posible para que poeta lea y sea escuchado.
Fernando ha sacado recientemente en Hiperión su libro Donde nadie me llama, una casi poesía reunida que agrupa treinta años de trabajo. Aunque la lectura en la tertulia no es la presentación del libro, sí que es el primer acto oficial en Madrid de Fernando desde la publicación y puede servir de anticipo a su presentación oficial. Comenzará la lectura, si no recuerdo mal, por el poema "Madrid", que abre su libro Aquelarre en Madrid. Sólo por ese hecho insólito vale la pena acudir a la lectura de la tertulia más longeva de la literatura de nuestro país (nuestra sesión será, da un poco de miedo el número, la 1666º). Si luego encuentro el poema Madrid, lo subiré como acompañamiento a esta entrada, decía. Lo encontré:
Madrid
Quizá mienta al decir manicomio de prisas
esta jungla de aceras sin sentido madrid
veinte gritos al sur cuando el destierro
mapa que nos sugiere
prendido en la pared de la segunda tarde
una escarpia muy honda yeso de la ebriedad
y hay que nombrar que ayer te despreciamos
eras la novia rica que a uno obligan
sea dicha la verdad
tampoco hiciste nada por abrigar el frío
sabías que en lo nuestro iba agenda de citas
y supiste aguardar
veterana de quejas
tu sed colmada en llanto de raíles
tantos que como yo
primera voz apenas niños
atocha estación del norte mediodía
jugándonos el trébol de cuatro hojas al regreso
barro de las entrañas
la lluvia de mis verdes escondites
y nos pudiste ahorrar esfuerzos
tú conocías la quinta piel de la mentira
no me gustó te lo aseguro
y suficiente siempre suficiente
el tiempo a favor y tu sombrero al viento
con la energía solar
qué importa el número de altura líneas aéreas
dormitorios de cal las cicatrices
alicatada en plazos la moqueta
de ascensores que sangran hasta el último
garaje de las noches donde aparcar el día
ay ciudad madrid amante cuántas cosas
somos viejos en ruido y poluciones
yo no sé qué color tiene tu calma
no la he visto jamás
no sé si existen las calumnias del humo
no me fío de ecólogos y climas
he plantado mil besos y han crecido
mil bufandas del alma en los listines
cómo voy a mentirles a mentirme
cuando cruzo barquillo embajadores
y memoria traiciona hasta el desprecio
que creímos que fue puedo decir
estadística engaña con sus cifras
y hay que peinar talones al costado
y calzarse un viajero conocerte
y saber que en medidas y distancias
son apenas dos días
que es más ancha la flor de una cintura
que mi mano se habita en tu costumbre
que es mejor perdurarte entregarse
a vivirse en la gente que te vive
es inútil tratar de convencernos
alimentar mastines que retornan
olvidarte
nunca jamás serás desheredada
has burlado un botín de versos a la niebla
no hay remedio
soy humano
muy débil para el trato
con pupilas y faldas un insomnio sin tiempo
cuando la voz amiga
al hilo de cualquier estrago
hecha abrazo y licores hace guiños
y hasta un soplo de codos nos compensa
con la amargura atrás qué duda
las lágrimas
son riego de mejillas donde nacerá el encuentro
y en un puño de labios ya no caben
que las contó el silencio
y no sé de qué sirve todo esto
podría enredarme por la imagen
pero madrid apremia
y conocéis sus celos si no acudes
su venganza de sombras
lo dije antes no hay remedio
hay que pagar tributos de caricias
para seguir en pie y a pata ciega
ir vendiendo cupones del alivio
este miedo del cuerpo en las esquinas
(“Aquelarre en Madrid” / Adonais 1982)
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miércoles, 18 de mayo de 2011
Breve comentario al texto de «Poesía ante la Incertidumbre» y reseña de El juramento por Sáenz de Zaitegui (El Cultural)
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Julio Mas Alcaraz
Labels: Ainhoa Sáenz de Zaitegui, Carta abierta en defensa de la pluralidad y convivencia de poéticas, El Cultural, El juramento de la pista de frontón, Poesía ante la incertidumbre
Labels: Ainhoa Sáenz de Zaitegui, Carta abierta en defensa de la pluralidad y convivencia de poéticas, El Cultural, El juramento de la pista de frontón, Poesía ante la incertidumbre
Ésta creo que será la última reseña sobre El Juramento de la pista de frontón. No por ser la última es menos importante.
Antes de entrar a realizar un pequeño comentario sobre la reseña de Ainhoa y dejar su texto, quería escribir un pequeño apunte. El viernes pasado estuve en la presentación de la poesía reunida de Jorge Reichmann. Al acabar el acto, no recuerdo quién me felicitó porque nuestro libro de Ashbery había estado en el segundo lugar de libros más vendidos de poesía la semana anterior y en el tercer lugar ese mismo viernes en la lista de El Cultural. Como vivo en mi mundo, ni me había enterado. Así que vaya un agradecimiento inmenso a los lectores del libro, por quienes vale la pena el enorme esfuerzo de trabajo que conllevó su realización. Muchas gracias a todos ellos.
Aquella tarde, de fondo, escuché a algún poeta hablar de un «panfleto», textos especialmente atractivos para mí, que se había publicado en torno a un libro colectivo y cuya existencia desconocía. Hoy he podido leer el texto. Desgraciadamente no llega a ser un panfleto pero da para una pequeña reflexión personal.
No hay una visión unívoca de la poesía. La poesía no es buena porque sea clara y accesible para un iletrado, ni tampoco es buena porque sea hermética y comprensible sólo para un IQ de 180. Hay, verdad de Perogrullo, poesía buena en ambas concepciones, y poesía mala, lo habitual, en ambas poéticas. Esa postura totalitaria de que la única poesía buena es la figurativa, de índole confesional porque de social no tiene nada, es tan ridícula como la afirmación de lo contrario. Estamos y vivimos, afortunadamente, en una época de pluralidad y, dosificada, de una relativa democracia poética. Cada uno puede y debe escribir lo que quiera sin necesidad de culpar a la poesía no figurativa de la falta de lectores. Los poetas latinos ya se quejaban de la crisis de la poesía. No es una novedad.
Tampoco es una novedad la polémica entre sencillez y complejidad. La pelea por excelencia entre poetas democráticos y poetas elitistas es la protagonizada por Cicerón y los neotéricos o poetae noui (en palabras de Cicerón). Contra la supuesta accesibilidad de la poesía tradicional inspirada en Homero en Grecia y en Ennio en Roma, los poetas helenísticos griegos (Calímaco) y neotéricos latinos (Catulo) oponían una poesía sofisticada, alusiva y elusiva, que era vista por la vieja guardia (Cicerón) como puro virtuosismo técnico para la cual Cicerón decía no tener paciencia ni tiempo. Para él, toda novedad, toda experimentación, era síntoma de corrupción y decadencia. No hemos cambiado demasiado en dos mil años. Siguen existiendo aspirantes a cicerones. Dictar. Por alguna razón el texto comentado me suena a un dictado.
Culpar del problema de ventas a ciertas poéticas complejas es de una simpleza analítica preocupante. Primero porque nadie obliga a este grupo a escribir de una determinada manera como parecen querer ellos obligar a los demás. Pueden seguir escribiendo como quieran buscando el máximo número de lectores posible y la sencillez más extrema. Segundo, porque lo que para a unos resulta incomprensible para otros puede ser plenamente accesible. Y tercero, porque la poesía figurativa y la poesía vanguardista conviven sin problemas en las librerías y entre lectores. La semana pasada, en la lista de libros más vendidos de El Cultural, el primer puesto estaba ocupado por Luis García Montero y en el segundo estaba nuestro libro de John Ashbery. ¿Es eso malo? ¿O es que quieren copar todos los puestos? Cada lector es distinto y hay gente a la que le atrae la poesía como reto intelectual, a otros como diario confesional... Y a otros muchos nos gusta simplemente la buena poesía, sin etiquetas ni pensamientos únicos. En la antología que preparé titulada La diferencia entre Pepsi y Coca-Cola está presente desde el confesionalismo extremo de Sharon Olds hasta la poesía neovanguardista de Jorie Graham. Una antología unidireccional no es una antología sino una reunión de gemelos en un hotel de Las Vegas. La poesía, como cualquier arte, no puede tender a la estabulación gregaria de una única corriente de pensamiento. Desde el proteccionismo, el adoctrinamiento estético y el conservadurismo se puede llegar a la renuncia a toda la herencia de las vanguardias de la primera mitad del siglo XX, una nueva Edad de Oro en la historia de la cultura universal. Sólo falta solicitar, por incomprensible, el cierre del Museo Reina Sofía y todos aquellos que lleven acoplado el adjetivo «contemporáneo».
Lo anterior enlaza además con el tema de la emoción que comenta el prólogo del libro. Su descripción de la emoción es unidimensional y pre-romántica. La crítica al irracionalismo tiene la misma escasa consistencia. Como si la poesía de grandes poetas españoles vivos como Juan Carlos Mestre, que introduce el irracionalismo en varios de sus poemas, no atrajera a miles de lectores. Como si algunos de los poetas que mencionan en su canon no hubieran escrito poemarios tan alejados de la poética que ellos pretender imponer, desde El libro de las alucinaciones de Pepe Hierro al Poeta en Nueva York, de Lorca, pasando por la mayor parte de los textos de César Vallejo e incluso algunos poetas que a priori ni imaginarían (léase El irracionalismo en la poesía de Miguel Hernández escrito por Sultana Wahnón).
Eso sin entrar en las muy diversas definiciones de ese concepto llamado racionalismo no sólo desde el punto de vista literario, sino incluso desde la física moderna, que ha destrozado el concepto de normalidad, determinismo y lógica. El irracionalismo, y sus vertientes dionisíacas, es una parte de la razón. Es el canto del hombre a la incapacidad epistemológica del ser humano para entender el mundo. Es Kierkegaard y Nietzsche. Es Platón. Y tantas mentes brillantes más a lo largo de la historia de la literatura y la filosofía. La razón, siguiendo a Foucalt, no puede ser instrumento de conocimiento ya que parte de la generación de constructos mentales que crean una ilusión de realidad y orden, y hacen que el sujeto se vuelva sumiso al poder. El irracionalismo es la forma en la que el sujeto se rebela frente a ese orden aparente y se libera de las reglas arbitrarias de la lógica.
Como forma de llamar la atención y reclamo de marketing cortoplacista, el texto podría estar mucho más trabajado a nivel intelectual. Como idea, es totalitaria y reduccionista. Puro pensamiento único en la era de la diversidad.
Existe un texto redactado por decenas de poetas, que no tiene nada que ver con mi texto, y que comparto y recomiendo. Se pueden adherir al mismo indicando nombre y apellidos, ciudad-país de residencia y profesión/ocupación en el siguiente correo: firmas.cartabierta@gmail.com . Quienes deseen leer el texto me pueden mandar un correo a la dirección que figura en mi perfil o buscarlo en google bajo el título: «Carta abierta en defensa de la pluralidad y convivencia de poéticas»
Respecto a la reseña de Ainhoa, me gusta su peculiar y original enfoque a un texto tan exigente. Me gusta cuando dice que las palabras son pura geometría y prevalecen sobre lo semántico en un lugar donde la sintaxis es apenas un mal recuerdo de pasadas esclavitudes. Ainhoa entiende el desafío intelectual del libro, se enfrenta a él sin cobardía, con autoexigencia, y da nuevos matices críticos brillantes a un libro sobre el que ya se había escrito largamente. Quien diga que la crítica española de poesía también está en crisis creo que puede leer las distintas reseñas que he publicado en esta página y que son una pequeña muestra de que la gente se queja como gimotean los niños mimados. Vivimos un momento extraordinario de riqueza poética y crítica. Debemos valorarlo y sentirnos afortunados. Para terminar, escribe Sáenz de Zaitegui que «La incertidumbre es una posibilidad y es buena». Cuánta razón.
El juramento de la pista de frontón por Ainhoa Sáenz de Zaitegui (El Cultural)
Los escritores nos odian. Si James Joyce concibió su Finnegans Wake con la intención de mantenernos ocupados durante trescientos años (de momento, su plan funciona), John Ashbery se propone crear un poema de decir una sola palabra. Los críticos no somos malas personas. O no tanto como para merecer esto.
Alguien dijo que el hombre será inmortal cuando decida serlo. El juramento de la pista de frontón se acerca bastante a ese punto de no retorno. De Ashbery suelen predicarse surrealismos y posmodernidades. Pues estupendo. A otros nos parece que se trata simplemente de introducir por la fuerza una montaña rusa en las circunvoluciones del cerebro: "E incluso se negó a vivir/ en un mundo y devolvió el silbido/ de todo lo que existe terriblemente cerca de nosotros/ como tú mi amor, y la luz". No es un sistema de pensamiento à la Robert Frost. Tampoco una enmienda a la totalidad divina, como ocurre con Wallace Stevens. Ashbery es más material, más concreto. Privilegia la narración en detrimento de la abstracción. Las palabras como pura geometría prevalecen sobre lo semántico. La sintaxis es apenas un mal recuerdo de pasadas esclavitudes. Ashbery es un dios de cosas pequeñas: sus pronombres son misterios de la humanidad. Se divierte con el cortaypega incluso más que Burroughs. Y cuando saca el T. S. Eliot que lleva dentro, hace encajar las piezas del puzzle a base de martillazos: "Mi única cosa nueva:/ el castigo de la luz eterna/ sobre las cabezas de los que estaban allí/ y de nuevo en la noche, la tos del pétalo moribundo". Ashbery no es un poeta: es una voluntad suprema a punto de levantarse en armas contra la condición humana. Deberíamos detenerle antes de que sea demasiado tarde. "He perdido los hermosos sueños/ que lograban seguir caminando,/ fríos y pacientes". Ashbery es cruel. Nos da esperanza. Conocemos el significado de todas las palabras. No intuimos ideas prohibitivas. De vez en cuando, incluso creemos haber encontrado el hilo del que tirar para deshacer la trama: "Ya no había ninguna necesidad de que el mundo se dividiera/ en conejito, cuando él había perseguido a la liee./ Él tenía que ser/ presión, tan desaparecida del aire". Editor, traductor y un valiente, Julio Mas nos provee de todas las piedras necesarias para derrotar a Goliat: introducción, notas, incluso una entrevista con el gigante.
Parece que nos habla un dios. Ashbery nos pone a prueba. Desafía nuestra inteligencia, nuestra cultura. Nos impone un nivel de autoexigencia como ningún otro poeta vivo. Nos hace mejores lectores, menos conformistas, más ambiciosos. Modifica nuestra percepción de la literatura. Cuando nos enfrentamos a "Idaho", célebre por ser probablemente el poema con más signos de interrogación de todos los tiempos, comprendemos que la poesía puede ser una experiencia más allá de la pura interpretación: "Y los nombres propios,/ sangre sacada del coraje/ para arreglar/ para sentir/ el tallo del aire". Ashbery crea una especie nueva de lector: inmunizado contra la manía de desear entenderlo todo, consciente de que la incertidumbre es una posibilidad, y es buena. De "Idaho" nos atrae el secreto. Nos hace sentir que aspiramos a algo más grande que nosotros mismos.
Las mejores mentes de varias generaciones trabajan en régimen estajanovista para romper el Código Ashbery. No apto para autoestimas delicadas. El juramento de la pista de frontón es historia viva de nuestro inconformismo contra todo. El infierno poético se ha desatado. Que los genios continúen castigando la estupidez con sus obras maestras. Que sigan odiando. Porque nosotros los amaremos con locura, siempre.
Antes de entrar a realizar un pequeño comentario sobre la reseña de Ainhoa y dejar su texto, quería escribir un pequeño apunte. El viernes pasado estuve en la presentación de la poesía reunida de Jorge Reichmann. Al acabar el acto, no recuerdo quién me felicitó porque nuestro libro de Ashbery había estado en el segundo lugar de libros más vendidos de poesía la semana anterior y en el tercer lugar ese mismo viernes en la lista de El Cultural. Como vivo en mi mundo, ni me había enterado. Así que vaya un agradecimiento inmenso a los lectores del libro, por quienes vale la pena el enorme esfuerzo de trabajo que conllevó su realización. Muchas gracias a todos ellos.
Aquella tarde, de fondo, escuché a algún poeta hablar de un «panfleto», textos especialmente atractivos para mí, que se había publicado en torno a un libro colectivo y cuya existencia desconocía. Hoy he podido leer el texto. Desgraciadamente no llega a ser un panfleto pero da para una pequeña reflexión personal.
No hay una visión unívoca de la poesía. La poesía no es buena porque sea clara y accesible para un iletrado, ni tampoco es buena porque sea hermética y comprensible sólo para un IQ de 180. Hay, verdad de Perogrullo, poesía buena en ambas concepciones, y poesía mala, lo habitual, en ambas poéticas. Esa postura totalitaria de que la única poesía buena es la figurativa, de índole confesional porque de social no tiene nada, es tan ridícula como la afirmación de lo contrario. Estamos y vivimos, afortunadamente, en una época de pluralidad y, dosificada, de una relativa democracia poética. Cada uno puede y debe escribir lo que quiera sin necesidad de culpar a la poesía no figurativa de la falta de lectores. Los poetas latinos ya se quejaban de la crisis de la poesía. No es una novedad.
Tampoco es una novedad la polémica entre sencillez y complejidad. La pelea por excelencia entre poetas democráticos y poetas elitistas es la protagonizada por Cicerón y los neotéricos o poetae noui (en palabras de Cicerón). Contra la supuesta accesibilidad de la poesía tradicional inspirada en Homero en Grecia y en Ennio en Roma, los poetas helenísticos griegos (Calímaco) y neotéricos latinos (Catulo) oponían una poesía sofisticada, alusiva y elusiva, que era vista por la vieja guardia (Cicerón) como puro virtuosismo técnico para la cual Cicerón decía no tener paciencia ni tiempo. Para él, toda novedad, toda experimentación, era síntoma de corrupción y decadencia. No hemos cambiado demasiado en dos mil años. Siguen existiendo aspirantes a cicerones. Dictar. Por alguna razón el texto comentado me suena a un dictado.
Culpar del problema de ventas a ciertas poéticas complejas es de una simpleza analítica preocupante. Primero porque nadie obliga a este grupo a escribir de una determinada manera como parecen querer ellos obligar a los demás. Pueden seguir escribiendo como quieran buscando el máximo número de lectores posible y la sencillez más extrema. Segundo, porque lo que para a unos resulta incomprensible para otros puede ser plenamente accesible. Y tercero, porque la poesía figurativa y la poesía vanguardista conviven sin problemas en las librerías y entre lectores. La semana pasada, en la lista de libros más vendidos de El Cultural, el primer puesto estaba ocupado por Luis García Montero y en el segundo estaba nuestro libro de John Ashbery. ¿Es eso malo? ¿O es que quieren copar todos los puestos? Cada lector es distinto y hay gente a la que le atrae la poesía como reto intelectual, a otros como diario confesional... Y a otros muchos nos gusta simplemente la buena poesía, sin etiquetas ni pensamientos únicos. En la antología que preparé titulada La diferencia entre Pepsi y Coca-Cola está presente desde el confesionalismo extremo de Sharon Olds hasta la poesía neovanguardista de Jorie Graham. Una antología unidireccional no es una antología sino una reunión de gemelos en un hotel de Las Vegas. La poesía, como cualquier arte, no puede tender a la estabulación gregaria de una única corriente de pensamiento. Desde el proteccionismo, el adoctrinamiento estético y el conservadurismo se puede llegar a la renuncia a toda la herencia de las vanguardias de la primera mitad del siglo XX, una nueva Edad de Oro en la historia de la cultura universal. Sólo falta solicitar, por incomprensible, el cierre del Museo Reina Sofía y todos aquellos que lleven acoplado el adjetivo «contemporáneo».
Lo anterior enlaza además con el tema de la emoción que comenta el prólogo del libro. Su descripción de la emoción es unidimensional y pre-romántica. La crítica al irracionalismo tiene la misma escasa consistencia. Como si la poesía de grandes poetas españoles vivos como Juan Carlos Mestre, que introduce el irracionalismo en varios de sus poemas, no atrajera a miles de lectores. Como si algunos de los poetas que mencionan en su canon no hubieran escrito poemarios tan alejados de la poética que ellos pretender imponer, desde El libro de las alucinaciones de Pepe Hierro al Poeta en Nueva York, de Lorca, pasando por la mayor parte de los textos de César Vallejo e incluso algunos poetas que a priori ni imaginarían (léase El irracionalismo en la poesía de Miguel Hernández escrito por Sultana Wahnón).
Eso sin entrar en las muy diversas definiciones de ese concepto llamado racionalismo no sólo desde el punto de vista literario, sino incluso desde la física moderna, que ha destrozado el concepto de normalidad, determinismo y lógica. El irracionalismo, y sus vertientes dionisíacas, es una parte de la razón. Es el canto del hombre a la incapacidad epistemológica del ser humano para entender el mundo. Es Kierkegaard y Nietzsche. Es Platón. Y tantas mentes brillantes más a lo largo de la historia de la literatura y la filosofía. La razón, siguiendo a Foucalt, no puede ser instrumento de conocimiento ya que parte de la generación de constructos mentales que crean una ilusión de realidad y orden, y hacen que el sujeto se vuelva sumiso al poder. El irracionalismo es la forma en la que el sujeto se rebela frente a ese orden aparente y se libera de las reglas arbitrarias de la lógica.
Como forma de llamar la atención y reclamo de marketing cortoplacista, el texto podría estar mucho más trabajado a nivel intelectual. Como idea, es totalitaria y reduccionista. Puro pensamiento único en la era de la diversidad.
Existe un texto redactado por decenas de poetas, que no tiene nada que ver con mi texto, y que comparto y recomiendo. Se pueden adherir al mismo indicando nombre y apellidos, ciudad-país de residencia y profesión/ocupación en el siguiente correo: firmas.cartabierta@gmail.com . Quienes deseen leer el texto me pueden mandar un correo a la dirección que figura en mi perfil o buscarlo en google bajo el título: «Carta abierta en defensa de la pluralidad y convivencia de poéticas»
Respecto a la reseña de Ainhoa, me gusta su peculiar y original enfoque a un texto tan exigente. Me gusta cuando dice que las palabras son pura geometría y prevalecen sobre lo semántico en un lugar donde la sintaxis es apenas un mal recuerdo de pasadas esclavitudes. Ainhoa entiende el desafío intelectual del libro, se enfrenta a él sin cobardía, con autoexigencia, y da nuevos matices críticos brillantes a un libro sobre el que ya se había escrito largamente. Quien diga que la crítica española de poesía también está en crisis creo que puede leer las distintas reseñas que he publicado en esta página y que son una pequeña muestra de que la gente se queja como gimotean los niños mimados. Vivimos un momento extraordinario de riqueza poética y crítica. Debemos valorarlo y sentirnos afortunados. Para terminar, escribe Sáenz de Zaitegui que «La incertidumbre es una posibilidad y es buena». Cuánta razón.
El juramento de la pista de frontón por Ainhoa Sáenz de Zaitegui (El Cultural)
Los escritores nos odian. Si James Joyce concibió su Finnegans Wake con la intención de mantenernos ocupados durante trescientos años (de momento, su plan funciona), John Ashbery se propone crear un poema de decir una sola palabra. Los críticos no somos malas personas. O no tanto como para merecer esto.
Alguien dijo que el hombre será inmortal cuando decida serlo. El juramento de la pista de frontón se acerca bastante a ese punto de no retorno. De Ashbery suelen predicarse surrealismos y posmodernidades. Pues estupendo. A otros nos parece que se trata simplemente de introducir por la fuerza una montaña rusa en las circunvoluciones del cerebro: "E incluso se negó a vivir/ en un mundo y devolvió el silbido/ de todo lo que existe terriblemente cerca de nosotros/ como tú mi amor, y la luz". No es un sistema de pensamiento à la Robert Frost. Tampoco una enmienda a la totalidad divina, como ocurre con Wallace Stevens. Ashbery es más material, más concreto. Privilegia la narración en detrimento de la abstracción. Las palabras como pura geometría prevalecen sobre lo semántico. La sintaxis es apenas un mal recuerdo de pasadas esclavitudes. Ashbery es un dios de cosas pequeñas: sus pronombres son misterios de la humanidad. Se divierte con el cortaypega incluso más que Burroughs. Y cuando saca el T. S. Eliot que lleva dentro, hace encajar las piezas del puzzle a base de martillazos: "Mi única cosa nueva:/ el castigo de la luz eterna/ sobre las cabezas de los que estaban allí/ y de nuevo en la noche, la tos del pétalo moribundo". Ashbery no es un poeta: es una voluntad suprema a punto de levantarse en armas contra la condición humana. Deberíamos detenerle antes de que sea demasiado tarde. "He perdido los hermosos sueños/ que lograban seguir caminando,/ fríos y pacientes". Ashbery es cruel. Nos da esperanza. Conocemos el significado de todas las palabras. No intuimos ideas prohibitivas. De vez en cuando, incluso creemos haber encontrado el hilo del que tirar para deshacer la trama: "Ya no había ninguna necesidad de que el mundo se dividiera/ en conejito, cuando él había perseguido a la liee./ Él tenía que ser/ presión, tan desaparecida del aire". Editor, traductor y un valiente, Julio Mas nos provee de todas las piedras necesarias para derrotar a Goliat: introducción, notas, incluso una entrevista con el gigante.
Parece que nos habla un dios. Ashbery nos pone a prueba. Desafía nuestra inteligencia, nuestra cultura. Nos impone un nivel de autoexigencia como ningún otro poeta vivo. Nos hace mejores lectores, menos conformistas, más ambiciosos. Modifica nuestra percepción de la literatura. Cuando nos enfrentamos a "Idaho", célebre por ser probablemente el poema con más signos de interrogación de todos los tiempos, comprendemos que la poesía puede ser una experiencia más allá de la pura interpretación: "Y los nombres propios,/ sangre sacada del coraje/ para arreglar/ para sentir/ el tallo del aire". Ashbery crea una especie nueva de lector: inmunizado contra la manía de desear entenderlo todo, consciente de que la incertidumbre es una posibilidad, y es buena. De "Idaho" nos atrae el secreto. Nos hace sentir que aspiramos a algo más grande que nosotros mismos.
Las mejores mentes de varias generaciones trabajan en régimen estajanovista para romper el Código Ashbery. No apto para autoestimas delicadas. El juramento de la pista de frontón es historia viva de nuestro inconformismo contra todo. El infierno poético se ha desatado. Que los genios continúen castigando la estupidez con sus obras maestras. Que sigan odiando. Porque nosotros los amaremos con locura, siempre.
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jueves, 14 de abril de 2011
Carta a un amigo que me dice que se va
El guión dice que está predestinado al fracaso y que será un eterno prisionero Otras traducciones del ruso hablan de que es un suicida y que siempre estará encarcelado. Antes, un personaje ha dicho que para él hay una cárcel allá donde mire. Nada de eso es cierto.
El protagonista lleva a los personajes a una zona. El protagonista no puede saber qué cosas ellos llevan consigo ni qué se llevan de allí. Es una profesión vocacional, algo así como una llamada. Se cree que él lleva a aquéllos que han perdido toda esperanza. Porque existe un lugar en la zona donde los deseos se hacen realidad.
Es una primera razón para tu existencia.
Comprendo que existen razones para dejarlo. De hecho uno no debería escribir sobre nada. Un hombre escribe porque está atormentado, porque duda... Necesita constantemente probarse a sí mismo y a los otros que vale para algo. Podría ser verdad que uno no debería escribir sobre nada. Mientras escarbas en búsqueda de la verdad, tantas cosas le pasan a esa verdad que en lugar de descubrirla desentierras un montón de… Perdón, preferiría no decirlo.
Y sin embargo, deberías seguir existiendo. Deberías seguir escribiendo en ese espacio que nos abriste porque necesitamos gente como tú. Alguien que tiré las tuercas con una cuerda.
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viernes, 4 de marzo de 2011
Furor Experimental: Luis Muñiz analiza El Juramento
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Julio Mas Alcaraz
Labels: Calambur Editorial, El juramento de la pista de frontón, John Ashbery, La Nueva España, Luis Muñiz
Labels: Calambur Editorial, El juramento de la pista de frontón, John Ashbery, La Nueva España, Luis Muñiz
El poeta y crítico Luis Muñiz analiza en este reseña de La Nueva España El Juramento de la Pista de Frontón. Muñiz, buen conocedor de la poesía en lengua inglesa, ha hecho una lectura muy detallada y minuciosa del libro de Ashbery, incluyendo detalles como el falso collage de Idaho.
Enlazo el artículo y dejo luego el texto.
http://www.lne.es/cultura/2011/02/24/furor-experimental/1038000.html
Furor experimental, por Luis Muñiz.
El norteamericano John Ashbery (1927) es sobradamente conocido en España: prácticamente cada año se traduce un libro suyo al castellano, y en Estados Unidos su crédito es tal que en 2008 se convirtió en el primer poeta vivo que ve canonizada su obra en la prestigiosa colección The Library of America. Un verdadero honor para un autor cuyo reinado en la poesía contemporánea que se escribe en inglés sigue siendo visto como una paradoja. El debate sobre si los poemas de Ashbery «quieren decir algo» aún no se ha cerrado, y ninguno de sus libros ha contribuido tanto a mantenerlo abierto como El juramento de la pista de frontón, publicado originalmente en 1962, seis años después de Algunos árboles, su primera entrega (o la segunda si, como el poeta hace, se excluye de la cuenta Turandot y otros poemas).
Además de las 30 piezas que componen el volumen, magníficamente traducidas por Julio Mas Alcaraz, que firma también el prólogo, la edición española de «El juramento» contiene abundantes notas, una entrevista con Ashbery y un estupendo epílogo de Jordi Doce: todo lo necesario para enfrentarse a un artefacto lingüístico tan radical que medio siglo después de su aparición todavía provoca el rechazo de una de las dos ramas más poderosas de la crítica norteamericana, la representada por Harold Bloom. En cambio, para la otra, la de Marjorie Perloff, y para los poetas del movimiento «Language» (Bruce Andrews, Susan Howe, Bob Perelman), su importancia es capital.
Bloom y Helen Vendler defienden el conjunto de la obra de Ashbery, pero el primero describió el libro como un «terrible desastre» y la segunda lo tachó de «estridencia voluntaria». Sin embargo, quien dio en el clavo fue Mona van Duyn, la crítica de «Poetry», al reconocer que sólo cambiando su definición de poesía podría llegar a sentirse satisfecha con el «estado de exasperación continua» que el poemario le creaba. Y así es, porque la ruptura con el pasado que Ashbery preconiza empieza por establecer, como Doce atina muy bien a explicar, que un poema es menos un objeto que un proceso, y un proceso, además, que no se conforma con presentar la destrucción del código como un reclamo teórico, sino que aspira a hacer de ella una verdadera experiencia de lectura.
No es necesario decir que fue este corte en la «linealidad» de la tradición lo que molestó a Bloom, incapaz de ver sino diferencias de orden secundario entre la obra de Wordsworth y, pongamos, la del propio Ashbery en libros posteriores como Ríos y montañas (1966) y Autorretrato en espejo convexo (1975). Lo curioso del caso es que en «El juramento» el poeta neoyorquino ensaya por primera vez muchas de las técnicas que empleará el resto de su carrera, aunque no con el furor experimental y la frecuencia con que aquí lo hace. Pero, más importante que el uso señalado de procedimientos como la fragmentación, la ambigüedad pronominal, la agramaticalidad, la abstracción, la parodia y la elipsis (u otros, importados de la pintura y la música contemporáneas, como el «collage», el «cut-up» o la atonalidad), es el juego que el autor se trae con ellos y el desmontaje de la noción misma de poema que se atreve a acometer.
No se trata ya de que Ashbery nos diga que es el acto de composición lo único que determina el resultado, como ya habían hecho antes el primer Eliot, Pound o Williams, sino que, yendo mucho más lejos, convierte el hecho de escribir poesía en un continuo reniego contra lo que la factura de un texto poético puede (y debe, según muchos) ser: corta donde el material empieza a fluir, asume el azar y la indeterminación como elementos propulsores, monta fragmentos lingüísticos de diversa procedencia sin miedo al descalabro semántico y, en el colmo de la escritura paródica, el poema «Idaho», camufla su estilo y presenta un texto propio como si fuera parte de la novela barata de la que se está mofando.
El lector encontrará en este libro muy pocos ejemplos del tipo de poema que ha hecho famoso a Ashbery: esos largos flujos de conciencia que ignoramos quién emite ni a quién van dirigidos y que no versan sobre ningún asunto grave; todo lo más, sobre la ausencia de reflexión acerca de lo grave que está en la raíz del presente: sobre la intrascendencia de nuestras vidas y el lenguaje con el que nos las contamos, que, de tan usado, ya no significa. De esa poesía «meditativa» del nuevo milenio, que ha dado piezas como «Fragmento» y «Una ola», tan magistrales como enervantes, sólo disponemos en «El juramento» de la titulada «Un último mundo», la mejor del conjunto según Bloom. El resto del libro lo componen poemas que frustran constantemente las expectativas del lector y lo conminan (ése es el objetivo) a prescindir de la búsqueda de sentido y a asumir como recompensa la delectación, morosa o atropellada, en el propio despliegue del texto, que el poeta nos obliga a tomar más por su acción compositiva que por su carga semántica.
Sin embargo, de ahí a afirmar que los poemas del estadounidense «no quieren decir nada» hay un abismo, y prueba de ello es que en un texto que escribió por encargo de la editorial Wesleyan, responsable de la primera publicación de «El juramento», Ashbery explica que la «forma abstracta» en que emplea las palabras no es sino «un intento por llegar a una clase de realismo más completo y mayor». Un realismo según el cual no es tarea del poeta componer un mundo que se descompone, pero sí mostrar sus ruinas de una manera lingüística y rítmicamente eficaz, aunque esta vez sin apelar al mito y a sus arquetipos para poner un poco de orden. El resultado es un libro revolucionario y seminal, pero de ensayo, no de madurez, en el que ya están, como dice Mas Alcaraz, «los muchos Ashberies del futuro», pero no el Ashbery (al menos no del todo) que ha dejado huella en la poesía contemporánea con su poema prototípico. Doce describe su asunto a la perfección: «Vivir ante la pantalla o detrás de una ventana en una casa de las afueras, qué más da, estar siempre del otro lado con la sensación algo melancólica de que algo importante sucede sin nosotros; y luego pensar que no es para tanto y seguir mirando».
Enlazo el artículo y dejo luego el texto.
http://www.lne.es/cultura/2011/02/24/furor-experimental/1038000.html
Furor experimental, por Luis Muñiz.
El norteamericano John Ashbery (1927) es sobradamente conocido en España: prácticamente cada año se traduce un libro suyo al castellano, y en Estados Unidos su crédito es tal que en 2008 se convirtió en el primer poeta vivo que ve canonizada su obra en la prestigiosa colección The Library of America. Un verdadero honor para un autor cuyo reinado en la poesía contemporánea que se escribe en inglés sigue siendo visto como una paradoja. El debate sobre si los poemas de Ashbery «quieren decir algo» aún no se ha cerrado, y ninguno de sus libros ha contribuido tanto a mantenerlo abierto como El juramento de la pista de frontón, publicado originalmente en 1962, seis años después de Algunos árboles, su primera entrega (o la segunda si, como el poeta hace, se excluye de la cuenta Turandot y otros poemas).
Además de las 30 piezas que componen el volumen, magníficamente traducidas por Julio Mas Alcaraz, que firma también el prólogo, la edición española de «El juramento» contiene abundantes notas, una entrevista con Ashbery y un estupendo epílogo de Jordi Doce: todo lo necesario para enfrentarse a un artefacto lingüístico tan radical que medio siglo después de su aparición todavía provoca el rechazo de una de las dos ramas más poderosas de la crítica norteamericana, la representada por Harold Bloom. En cambio, para la otra, la de Marjorie Perloff, y para los poetas del movimiento «Language» (Bruce Andrews, Susan Howe, Bob Perelman), su importancia es capital.
Bloom y Helen Vendler defienden el conjunto de la obra de Ashbery, pero el primero describió el libro como un «terrible desastre» y la segunda lo tachó de «estridencia voluntaria». Sin embargo, quien dio en el clavo fue Mona van Duyn, la crítica de «Poetry», al reconocer que sólo cambiando su definición de poesía podría llegar a sentirse satisfecha con el «estado de exasperación continua» que el poemario le creaba. Y así es, porque la ruptura con el pasado que Ashbery preconiza empieza por establecer, como Doce atina muy bien a explicar, que un poema es menos un objeto que un proceso, y un proceso, además, que no se conforma con presentar la destrucción del código como un reclamo teórico, sino que aspira a hacer de ella una verdadera experiencia de lectura.
No es necesario decir que fue este corte en la «linealidad» de la tradición lo que molestó a Bloom, incapaz de ver sino diferencias de orden secundario entre la obra de Wordsworth y, pongamos, la del propio Ashbery en libros posteriores como Ríos y montañas (1966) y Autorretrato en espejo convexo (1975). Lo curioso del caso es que en «El juramento» el poeta neoyorquino ensaya por primera vez muchas de las técnicas que empleará el resto de su carrera, aunque no con el furor experimental y la frecuencia con que aquí lo hace. Pero, más importante que el uso señalado de procedimientos como la fragmentación, la ambigüedad pronominal, la agramaticalidad, la abstracción, la parodia y la elipsis (u otros, importados de la pintura y la música contemporáneas, como el «collage», el «cut-up» o la atonalidad), es el juego que el autor se trae con ellos y el desmontaje de la noción misma de poema que se atreve a acometer.
No se trata ya de que Ashbery nos diga que es el acto de composición lo único que determina el resultado, como ya habían hecho antes el primer Eliot, Pound o Williams, sino que, yendo mucho más lejos, convierte el hecho de escribir poesía en un continuo reniego contra lo que la factura de un texto poético puede (y debe, según muchos) ser: corta donde el material empieza a fluir, asume el azar y la indeterminación como elementos propulsores, monta fragmentos lingüísticos de diversa procedencia sin miedo al descalabro semántico y, en el colmo de la escritura paródica, el poema «Idaho», camufla su estilo y presenta un texto propio como si fuera parte de la novela barata de la que se está mofando.
El lector encontrará en este libro muy pocos ejemplos del tipo de poema que ha hecho famoso a Ashbery: esos largos flujos de conciencia que ignoramos quién emite ni a quién van dirigidos y que no versan sobre ningún asunto grave; todo lo más, sobre la ausencia de reflexión acerca de lo grave que está en la raíz del presente: sobre la intrascendencia de nuestras vidas y el lenguaje con el que nos las contamos, que, de tan usado, ya no significa. De esa poesía «meditativa» del nuevo milenio, que ha dado piezas como «Fragmento» y «Una ola», tan magistrales como enervantes, sólo disponemos en «El juramento» de la titulada «Un último mundo», la mejor del conjunto según Bloom. El resto del libro lo componen poemas que frustran constantemente las expectativas del lector y lo conminan (ése es el objetivo) a prescindir de la búsqueda de sentido y a asumir como recompensa la delectación, morosa o atropellada, en el propio despliegue del texto, que el poeta nos obliga a tomar más por su acción compositiva que por su carga semántica.
Sin embargo, de ahí a afirmar que los poemas del estadounidense «no quieren decir nada» hay un abismo, y prueba de ello es que en un texto que escribió por encargo de la editorial Wesleyan, responsable de la primera publicación de «El juramento», Ashbery explica que la «forma abstracta» en que emplea las palabras no es sino «un intento por llegar a una clase de realismo más completo y mayor». Un realismo según el cual no es tarea del poeta componer un mundo que se descompone, pero sí mostrar sus ruinas de una manera lingüística y rítmicamente eficaz, aunque esta vez sin apelar al mito y a sus arquetipos para poner un poco de orden. El resultado es un libro revolucionario y seminal, pero de ensayo, no de madurez, en el que ya están, como dice Mas Alcaraz, «los muchos Ashberies del futuro», pero no el Ashbery (al menos no del todo) que ha dejado huella en la poesía contemporánea con su poema prototípico. Doce describe su asunto a la perfección: «Vivir ante la pantalla o detrás de una ventana en una casa de las afueras, qué más da, estar siempre del otro lado con la sensación algo melancólica de que algo importante sucede sin nosotros; y luego pensar que no es para tanto y seguir mirando».
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miércoles, 16 de febrero de 2011
Agitación y cultura, por Olga Ayuso
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Julio Mas Alcaraz
Labels: Agitación y Cultura, Chimamanda Adichie, El juramento de la pista de frontón, John Ashbery, Koult, Olga Ayuso, Radiohead, The King of Limbs
Labels: Agitación y Cultura, Chimamanda Adichie, El juramento de la pista de frontón, John Ashbery, Koult, Olga Ayuso, Radiohead, The King of Limbs
Uno vive metido en el heliocentrismo madrileño y a veces no es consciente de la diferencia entre el centro geográfico y el centro magnético.
Tiene Olga Ayuso uno de esos centros magnéticos a los que he llegado casi de casualidad. No conocía su programa de radio, Agitación y Cultura, y me ha sorprendido el dominio sobre un tema no sencillo, y la manera en que ligaba la entrada anterior en este blog de Chimamanda Adichie (gracias cara Annie) y a John Ashbery. Hablando, como hacía el otro día, de lugares comunes, he aquí una periodista con una inteligencia a prueba de versos.
Y dentro de ese otro campo magnético que son las coincidencias, interesante la referencia al nuevo disco de Radiohead en el mismo prograna, The King of Limbs, sobre el que espero escribir pronto en la revista Koult. Eso, la versión clásica de Creep a continuación, y una referencia al Festival de Berlín creó una alineación de deliciosas casualidades en un mismo programa difícil de comprender bajo la lógica cartesiana.
Aquí dejo el enlace. El primero es la entrevista y el segundo la página principal.
http://radio.canalextremadura.es/node/58479
http://agitacionycultura.canalextremadura.es/
Y ya que estamos, hoy mismo ha salido la primera foto oficial relacionada con el álbum. Los integrantes del grupo están al lado del roble milenario en el que se inspira el título.
Tiene Olga Ayuso uno de esos centros magnéticos a los que he llegado casi de casualidad. No conocía su programa de radio, Agitación y Cultura, y me ha sorprendido el dominio sobre un tema no sencillo, y la manera en que ligaba la entrada anterior en este blog de Chimamanda Adichie (gracias cara Annie) y a John Ashbery. Hablando, como hacía el otro día, de lugares comunes, he aquí una periodista con una inteligencia a prueba de versos.
Y dentro de ese otro campo magnético que son las coincidencias, interesante la referencia al nuevo disco de Radiohead en el mismo prograna, The King of Limbs, sobre el que espero escribir pronto en la revista Koult. Eso, la versión clásica de Creep a continuación, y una referencia al Festival de Berlín creó una alineación de deliciosas casualidades en un mismo programa difícil de comprender bajo la lógica cartesiana.
Aquí dejo el enlace. El primero es la entrevista y el segundo la página principal.
http://radio.canalextremadura.es/node/58479
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Y ya que estamos, hoy mismo ha salido la primera foto oficial relacionada con el álbum. Los integrantes del grupo están al lado del roble milenario en el que se inspira el título.
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martes, 15 de febrero de 2011
Crítica/ensayo del Juramento de la pista de frontón, por Ernesto Castro Córdoba en Quimera
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Julio Mas Alcaraz
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Labels: El juramento de la pista de frontón, Ernesto Castro Córdoba, John Ashbery, Revista Quimera
Menudo ensayo se ha marcado Ernesto Castro Córdoba sobre el libro de Ashbery para la revista Quimera. No sólo me parece muy lúcido sino que me sorprende tanta lucidez con los pocos años que tiene. Promete.
(Por cierto que me encanta la camiseta que lleva Agustín Fernández Mallo: Houston, tenemos un poema.)
Revista Quimera, n.º 327, febrero de 2010
JUST SOMEONE YOU SAY HI TO
Aproximación a Juramento de la pista del frontón (Calambur, 2010), de John Ashbery
POR ERNESTO CASTRO CÓRDOBA
En una célebre carta, Rainer M. Rilke expresó su preocupación ante la exorbitante tecnificación que el mundo estaba alcanzando coincidiendo con sus años de madurez. Para ser más exactos, localizó al otro lado del charco el origen del progresivo desencantamiento de la realidad perpetrado: “De América nos llegan ahora cosas vacías, indiferentes, cosas artificiales que nos engañan simulando la vida.” En una no menos célebre respuesta, Paul de Man sacó su vena más patriota tachando de ideológica la nostalgia tradicionalista del poeta alemán:
La tranquilidad de los sueños de Rilke, la tranquilidad de nuestros antepasados metidos en sus casas y vestidos con sus ropajes, ¿eran algo real o son mero producto de nuestra imaginación? (…) Tal vez, debido a que la tecnología es empobrecedora y quema la historia sin dejar ningún residuo palpable, nos obliga a prescindir de algo que, al fin y al cabo, no es sino una falsa serenidad.[1]
Pues bien, mejor tarde que nunca, se traduce a nuestra lengua uno de esos B-52 en su versión literaria. No hace falta aquí recordar las conexiones heideggerianas entre tekhne y poiesis para decir que nos referimos al poemario más importante de la segunda mitad del siglo pasado en el ámbito anglosajón (publicado en ¡1962!) en cuanto a experimentación, atrevimiento y polémica se refiere: El juramento de la pista del frontón (JPF). Celebremos la tardía, pero no por ello menos valiente iniciativa de su traductor, Julio Mas Alcaraz, quien en el espléndido prólogo subraya como en este difícil texto encontraos in nuce buena parte de la producción posterior de John Ashbery, posiblemente el más influyente poeta americano vivo en nuestros días. Su herencia se extiende reticularmente desde la New York School hasta los Language poets. En éste, su segundo libro, Ashbery sintetiza en una misma voluntad de privilegiar el significante sobre el significado las dos corrientes más importantes de la lírica anglosajona por entonces vigente. Por un lado, el impulso democratizante, vital y totalizador, de Whitman, cuya influencia ya fue de sobra subrayada por el autor en una entrevista concedida en 1972. Allí dice: “si mi poesía es oblicua es porque quiero inclinarla a una audiencia lo más amplia posible, por extraño que esto suene en la práctica”[2]. Por otro lado, hallamos aquí presente el trabajo de archivo, fragmentario, reticular y elitista, del primer Eliot, eso sí: transformado en práctica sampleadora. Como ha subrayado Marjory Perloff, la poesía de JPF habita un contexto discursivo mucho más permeable y confuso que el presente en The Waste Land; Ashbery no se limita a referir y a citar las fuentes, sino que se las apropia, modifica y recodifica a placer. La relación entre “Idaho” y el best-seller que toma como punto de partida poemático, es menos mimética que de clara confrontación. Cada poema de JPF es un vórtice con múltiples influencias y textos solapados, un calidoscopio paratáctico en el que se da cabida, en un mismo torrente de conciencia, a todo tipo de experiencias discursivas. El libro avanza a través de deslizamientos retóricos que en el interior de la conciencia individual, tomando como punto de partida la heteroglosia constitutiva del lenguaje americano como potlach cultural donde se dan la mano resonancias épicas del Antiguo Testamento y la retórica banalizada de las revistas de moda (cfr. Poemas como “How much Longer hill I Be Able to Inhabit the Divine Sepulcher…”). El sujeto de la enunciación es un mero nudo gordiano constituido a través de la apropiación ambiental, “envuelto en una identidad como si fuera un traje”, como dijera al inicio de Houseboats days (1977).[3] Los poemas de Ashbery constatan el movimiento contrahegeliano que va desde el yo como sujeto de la enunciación a la estructura gramatical como substancia literaria en sentido pleno. A la pregunta ¿quién soy?, da la respuesta el título de otro poema del autor: “Just someone you say hi to” (A Wave, 1981) que termina con los siguientes versos:
Y nos quedamos tan solo con sensaciones de nosotros mismos
Y de la seca alteridad, como un puño fuertemente cerrado
Entorno al acelerador mientras vamos cayendo, de lado y hacia abajo.[4]
En algunos poemas JPF (“Night” y “Rain”) se halla presente lo que consideramos la aportación más relevante de Ashbery a la poesía actual: la construcción más relevante de Ashbery a la poesía actual: la construcción arquitectónica del poema, tomando como punto de partida una estructura descentrada de producción de expectativas en el lector, expectativas semánticas que no serán colmadas del todo; como mucho satisfechas tangencialmente por significados que se cristalizan entorno a un vacío central que opera positivamente como resto no colmado. Esta falta constitutiva como origen del texto, que después será tematizada en De la grammatologie por Derrida (1967), obliga al poema a salir fuera de sí, no hacia una exterioridad más real que el lenguaje, sino a una aceptación de la ubicuidad textual que pasa a eclipsar y sustituir la función privilegiada de Realidad como campo semántico donador de sentido. El poema, en calidad de dispositivo autorreferencial, tomó como punto de partida esta falla textual en su dimensión preformativa, poniendo en cuestión las estructuras gramaticales del lenguaje y la función referencial sobre la cual supuestamente se asienta el ejercicio literario. Más allá de la mimesis, la poesía apela a la ekfrasis, esto es, a la descripción de un espacio de fricción, juego e improvisación literaria.
Junto con “Idazo”, los poemas más destacables de JPF son “Leaving the Atocha Station” y “Europa”. El primero, según declaración expresa del poeta, es una expresión paradigmática de su poética de apropiaciones fragmentarias. Dice: “los fragmentos dislocados, incoherentes que crean el movimiento del poema se parecen probablemente a la sensación que uno tiene cuando el tren sale de una estación desconocida. El ruido, la suciedad, ese marchar deslizándose, todo parece un movimiento dentro del poema.”[5] “Europa”, por su parte, está construido como un falso collage a partir de un best-seller. Su composición desordenada, fragmentaria, ofrece al lector una versión de aquella imagen que la vanguardia americana tenía del continente europeo, tras dos guerras mundiales en su territorio, como un enorme basurero, escombrera de la memoria perdida. El potencial estético de este residuo en la Historia habría de ser rescatado mediante el apropiacionismo; procedimiento alquímico por excelencia que transforma lo escatológico, sin alterarlo, en producto de consumo de primer orden estético. Ashbery forma parte del comité de expropiación que robó la vanguardia a París para dársela a New York. Un espía más en tierras francesas. La poesía de este su segundo poemario tiene como horizonte literario elaborar un retrato fiel de Estados Unidos, pero tomando la paleta de colores que ofrece Europa. Eloy Fernández Porta dixit: “Reescribir la cultura pop desde Europa implica siempre, para el autor serio, una perversión; raptar, sacar de su hábitat, poner en circulación, estrujar y echar a perder la inocencia.”[6] Esta perversión del ideario norteamericano, si bien es cierto que ofrece una imagen invertida del gran asalto a la vanguardia histórica que en aquellos años estaban perpetrando los grandes artistas norteamericanos, tiene notables puntos en contacto con ella. Si Burroughs tomó el cut-up dadaísta como expresión de una existencia drogadicta y desordenada, y Rauschenberg adaptó el collage cubista al contexto de la sociedad de consumo, Ashbery modificó la erótica lingüística de los surrealistas a la luz de la épica democrática (Whitman) y la sinceridad del paisajismo cotidiano (William Carlos William). ¿Cómo? Abandonando la prosodia iterada de los surrealistas, garantía última del avance hipnótico, a favor de lo que Ezra Pound, refiriéndose a Henry James, consideraba el formato americano por excelencia, a saber: el paréntesis, el cual suspende la linealidad narrativa propia del discurso burgués, articulado a través de la subordinación causal de los acontecimientos; introduciendo en el relato la deriva errática, desestructurada entorno al principio paratáctico de la adición democrática de más y más y más detalles, uno al lado del otro. El paso del surrealismo a JPF es el paso desde la comprensión de la palabra como unidad gramatical de sentido a la problematización sintáctica de la oración. En una palabra: si para Breton les mots font l’amour (eso tan cursi), para Ashbery serán las estructuras oracionales the one who have sex (sin pelos en la lengua). Ambos, en definitiva, apelan a la lectura del poema como experiencia creativa autotélica donde es más importante el proceso que el producto. Así, no es de extrañar que a la pregunta sobre el contenido de sus textos, Ashbery responda alternativamente biendiciendo que su poesía carece de tema, bien declarando que sólo escribe poemas de amor. Lo mismo da:
“uso un verso muy largo frecuentemente en mi poesía porque me parece que proporciona un medio expandido de enunciación, y decir algo muy largo en lugar de lo que podría haber sido originalmente mucho más corto y conciso supone un derrame del significado. Con frecuencia tengo la sensación de que posee una cualidad casi sexual, en el sentido de que el acto sexual es una especie de prolongación del tiempo y una improvisación sobre el tiempo”[7]
Queda claro. De una manera bastante más articulada que sus antecesores europeos, el autor de JPF propone una concepción del poema como espacio de fricción estructural donde no sólo cuentan las palabras utilizadas, sino el contexto de expectación sintáctica en que se inscriben. Muy à la Hitchcock, el poema es aquí un crimen en busca de autor, cada verso un Mc Guffin literario que pone en movimiento todo un dispositivo de anticipación de acontecimientos y frustración de deseos. Como una compleja trama policíaca, el lector tiene el cadáver ante sus ojos, todo a la vista, y sigue sin comprender muy bien qué sucede. Es más: el fin último de este ejercicio poético bien puede ser el mismo que Ashbery atribuye al detective, a quien caracteriza como “un símbolo del hombre intentando descubrir lo que es.”[8] La experiencia que produce un poema de Ashbery es similar a la de un cuarteto de Antón Webern, esto es: una cómoda incertidumbre sobre el por venir. Aquí analogías entre Burroughs y Ashbery se multiplican: tanto en JPF como en Naked Lunch, la espera se erige como experiencia fundamental del tiempo; ambos son maestros de la temporalidad dilatada reflejada en la experiencia de los trayectos muertos; sus textos compuestos con retazos se mueven dentro de una lógica des-instrumentalizada de la escritura, esto es: los tropos literarios se multiplican entorno a la ausencia de un sentido unitario que los trascienda; son, en última instancia, medios a la búsqueda desesperada de fines. El objetivo en estos dos autores no consiste en alcanzar la profundidad abismal del inconsciente, sino dar cuenta de la realidad pluriforme que acosa el espacio de la representación, perfectamente consciente de su esquizofrenia superficial, epidérmica diríamos (un sarpullido existencial en vez de un descensus ad inferos romántico). Ashbery añade a este factor una conciencia claramente postmoderna acerca de la repetición consustancial al ejercicio de escritura, en última instancia una práctica hermenéutica de decisión que parte de un material cultural ya elaborado. El poema (“Late echo”, de As We Know (1979) comienza:
Solos con nuestra locura y nuestra flor favorita
vemos que en realidad no hay nada más sobre lo que escribir.
O mejor, es necesario escribir sobre las mismas cosas de siempre
del mismo modo, repitiendo las mismas cosas una y ora vez”[9]
John Ashbery es un poeta de la conciencia y la subjetividad en su desfondamiento, se suele decir. Según Jody Norton, nos encontramos ante “el último poeta del sujeto y el primer poeta del predicado libre.”[10] Sin embargo, en su poesía, la voluntad de incorporar todo lo real en el discurso conduce a privilegiar la posición del sujeto, a pesar de que este se conciba, bajo el signo de la corriente de conciencia, como un receptáculo de experiencias. Otra consecuencia vinculada al hiperrealismo vanguardista que practica Ashbery es que, llevado a su extremo más radical, este estilo conduce con frecuencia al olvido de lo empírico en favor de lo absoluto. En el poeta americano, la voluntad de decirlo todo se vincula a un solo desencarnado de las expresiones. Así, la primera edición de JFP llevaba una sobrecubierta en la que el poeta declaraba que a la hora de escribir el libro había utilizado las palabras de manera abstracta, como un pintor usa los pigmentos, lo cual, según él, conducía a una manera de realismo mayor y más complejo. Tomando como premisa que la materia de lo poetizable es la carencia, ya Paul de Man subrayó cómo, en la época de la literatura autoconsciente, "la poesía del devenir se mantiene como conciencia a expensas del objeto sensible"11. Esto no es sólo aplicable a Baudelaire y a Mallarmé. También a Ashbery, en la medida en que su escritura parte de la conciencia como dispositivo de producción temporal (expectación gramatical) en el que se incorporan todos los discursos; todo ello a expensas de su correlato empírico. Claro que en Ashbery no está presente la nostalgia por la unidad perdida que Paul de Man percibe en los poetas franceses, pero sí un deseo de totalizar el discurso poético mediante la incorporación de material en bruto de campos estrictamente no literarios (aquí hace aparición el gran espectro de los mass media) o de géneros literarios tradicionalmente denigrados (digamos: de las comedias de enredo hasta la novela policiaca pasando por el folletín novecentista). En resumen: todos los atentados que el poeta perpetra en contra de la unidad sustancial del yo son, por así decir, pro domo sua, en favor de ese mismo yo que se declara a sí mismo disuelto. Al igual que hiciera Unamuno con la contradicción al convertirla en principio constitutivo de la subjetividad, el proyecto de Ashbery totaliza, pero nunca disuelve al sujeto. En una entrevista, declaró que el objetivo de su poesía era reflejar la conciencia en su totalidad, aunque para ello tuviera que tomar "elementos del inconsciente para darle perspectiva"12. En su introducción a Three poems, Julián Jiménez Hefferman ha subrayado el solipsismo presente en su poesía: "no hay más conciencia que la de Ashbery. El poeta americano no acepta ninguna otra conciencia en sus textos"13. Aquí nos enfrentamos a la trampa de la que habló Foucault en su defensa de un pensamiento del afuera:
Todo discurso puramente reflexivo corre el riesgo, en efecto, de devolver la experiencia del afuera a la dimensión de la interioridad; irresistiblemente la reflexión tiende a reconciliarla con la conciencia y a desarrollarla en una descripción de lo vivido14.
En otras palabras: el afuera de Ashbery carece de exterioridad. Nos enfrentamos a la caducidad del pensamiento crítico que tiene como principio l negación de lo establecido; nos enfrentamos a la impotencia de dispositivos retóricos como el de Ashbery que critican un determinado sistema con el objetivo de apuntalarlo. A la luz e estas consideraciones, uno no sabe cómo tomarse los versos de "Soonest Mended" (The Double Dream of Spring, 1966):
Todos hablamos
Es cierto, pero debajo del habla yace el
Sentido suelto, desordenado y simple como el suelo trillado
Moviéndose y no queriéndose mover15.
¿Hasta qué punto participamos del movimiento experimentalista presente en JPF su versión más radical y refinada? Puede que la vanguardia de Ashbery ya no sea la nuestra; y que, sin embrago, en su desfase, este texto ofrezca unas virtualidades no realizadas que esperan a un nuevo ejercicio de apropiación. No está de más recordar, aunque sea a modo de epílogo, las palabras de este poeta canónico con motivo de una reflexión sobre la caducidad de la vanguardia: "Se podría argumentar que el arte tradicional es incluso más riesgoso que el arte experimental, que no puede ofrecer a sus acólitos verdaderas garantías, ya que las tradiciones están siempre pasando de moda16.
[1] Paul de Man: "La tentación de la permanencia" en Escritos críticos, ed. Visor, Madrid, 1996, p. 113.
[2] Janet Bloom & Robert Losada: "Craft interview with John Ashbery", en New York Quaterly, invierno de 1972, pp. 24s.
[3] John Ashbery: Collected Poems 1956-1987, The Library of America, New York, 2008, p. 491.
[4] John Ashbery: Collected Poems 1956-1987, op. cit., p. 775.
[5] cit. en Julio Mas Alcaraz: "Notas" a El juramento de la pista de frontón, Calambur, 2010, p. 309.
[6] Eloy Fernández Porta: Afterpop, Anagrama, Barcelona, 2010. p. 64.
[7] cit. en Hefferman: op. cit., pp. 12s.
[8] cit. en Julio Mas Alcaraz: "Introducción" a El juramento de la pista de frontón.
[9] John Ashbery: Collected Poems 1956-1987, op. cit., p. 672.
[10] Jody Norton: "Whispers Out of Time: The sintax of being in the poetry of John Ashbery", 20th Century Literature, otoño de 1995, p. 190.
11 Paul de Man: "El devenir en la poesía", en Estudios críticos, op. cit., p. 158.
12 cit. en Hefferman: "Prólogo" a Tres poemas, DVD, Barcelona, 2004, p. 17.
13 Hefferman: op. cit., p. 48.
14 Michael Foucault: El pensamiento del afuera, Pre-Textos, Valencia, 1988, p. 23.
15 John Ashbery: Collected Poems 1956-1987, op. cit., p. 184.
16 John Ashbery: "La vanguardia invisible" (disponible en: http://ustedleepoesia2.blogspot.com/2009/06/la-vanguardia-invisible.html
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jueves, 10 de febrero de 2011
Chimamanda Adichie
En este vídeo, la escritora Chimamanda Adichie habla, con una ironía y humor brillantes, de cómo aplicamos el reduccionismo para hablar de otros pueblos. Lo hace desde África y cuenta su experiencia en Norteamérica. Parece un acontecer lejano pero no lo es.
Hablar de un pueblo como algo único es algo que hacemos a diario. Los rumanos. Los moros. Los negros. Definir. De-final. Finalizar y reducir a un concepto-palabra lo que es irreductible. Para que la mente tenga claro lo que es suyo y propio, y lo que ajeno y enfrente. Lo alienado. El alien que es el otro en el que no nos reconocemos.
La extensión del vídeo (se pueden poner subtítulos en español) es larga para la vida rápida de Internet. 18 minutos es demasiado tiempo para casi todo el mundo. Tiempo que luego malgastaremos de mil maneras. Pero demasiado tiempo para detenernos y escuchar. Quizá alguno lo haga. El vídeo es divertido además de gratificante.
Gracias al ángel Ana por mandármelo. ¿Te acuerdas del verso ese mío: ¿Sabrás que es un ángel quien vuela...? Pues eso.
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