jueves, 18 de octubre de 2012

Este blog está cerrado ya. Muchas gracias a todos por haberlo seguirlo.




 
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domingo, 8 de julio de 2012

Tres reseñas, tres

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Tres críticos y escritores magníficos han hecho reseñas de El niño en los últimos meses. Los ubico por orden cronológico, con todo mi agradecimiento por su labor de divulgación.


Culturamas, abril de 2012. Por Pilar Martín Gila

Como es sabido, lo que da cuenta del desorden es la voluntad de ordenar; el desorden como una espera que el orden quiere resolver (podría decir Barthes). Tal vez, en una primera instancia, podemos observar el poemario de Julio Mas Alcaraz como un trabajo sobre el desorden, o la desorientación, de un mundo que para encontrar ese norte que señala una aguja imantada sobre el agua, ha de entrar en el agua misma. Esto hace Julio Mas: sumergirnos en otras corrientes. El lector sabe que está en otra relación por la referencia numérica en los Tiempos y los poemas, y sabe que está en otra construcción porque lo dicho se sitúa en la zona intempestiva de algo que se vive en lo inaccesible. Así, en el Tiempo 4, que inicia el poemario, tras el Frontispicio de Gamoneda, el orden inverso en la numeración de los poemas, deja la impresión de haber caído en un remolino que arrastra hacia uno de los centros posibles. Y ahí comienza la visión, en la encrucijada de secuencias de un mundo duro, enmarañado, el quebrado espinazo de toda bestia contemporánea, como lo escribió Mandelstam en su siglo, y cuya fuerza aquí radica en distinguir, desde dentro de la maraña lo que es y no es maraña. Veo al macho que se aproxima a las crías; al ser vivo que devora al ser vivo; al hombre ahogando galgos de las ramas. // Pero hay fresnos que mueren despacio cubiertos de líquenes naranjas. Y rocas que en su interior guardan una antiquísima gota de agua. […]

Y distinguir hace posible volver a ligar, que unas cosas del mundo tengan relación con otras cosas del mundo, esto es lo que hacen los poetas, y lo que hace la memoria cuando invoca más allá de su propio recuerdo, una primitiva religión en su sentido de religar, un acto en el que todo vuelve a anudarse. Es posible que algunos de mis antepasados / fueran hacia el este / […] / locos que mientras el resto cazaba / ataron las cuerdas que unían el cielo a la tierra / y pintaron caballos, venados y serpientes / para seducir en secreto a las hechiceras. // De ellos descendemos los poetas. Es el fondo común del que emerge el individuo y celebra ese nacimiento en lo concreto como una experiencia universal. Que no apaguen las hogueras esta madrugada. / Que las bandas de música se metan desnudas al agua y esperen siete olas mientras la rueda llameante desciende girando desde lo alto de una montaña hasta llegar a la costa. / Que no mueran los niños por un día. // Porque juntos preparamos las memorias de sus voces. […]

Y al final, cerrado el último poema, hechos los agradecimientos e indexado el desorden, la apertura de un camino escondido, que por tener su espacio secreto, no conviene aquí desvelar.

Tu exploración de lo posible ha terminado. Y ahora, méceme. Como jamás pensaste que lo volverías a hacer.


Quimera, número 342, mayo de 2012. “Ejercicios de mística cubista". Por Raúl Quinto

Conocido principalmente como traductor de poesía estadounidense, Julio Mas Alcaraz (Madrid, 1970) nos ofrece con su segundo poemario, tras Cría del ser humano (Vitruvio, 2005), uno de los libros más estimulantes de los últimos años. Una guía para perderse de uno mismo, y, de paso, de la poesía más reconocible y gastada. El niño que bebió agua de brújula alude directamente a cada uno de nosotros, como actores-marionetas de un mundo donde todo está aparentemente decidido de antemano. Dice Mas: Nuestras madres, de pequeños, cada mañana, nos daban una cucharada de agua de brújula (p. 32). Para no perder nunca el Norte, para no extraviarnos de lo que se supone que ha de ser. Y este libro es un compendio de estrategias para rebelarse. Un manual para el desaprendizaje del mundo.

Algo tan antiguo como la mística. Enajenarse del uno, del tiempo y del espacio, desubicar las coordenadas de lo real. Eso. Si nos tienen dicho que lo real es la sucia urgencia de las cosas. Rebelarse. Y Mas lo hace ya desde la cita de Baudelaire que abre el libro: una declaración de guerra que reclama lo espiritual frente a la carcoma del mundo. Una vulgaridad que el poeta señala con el dedo para subvertirla. Las cadenas de la tecnología y el falso progreso, la crueldad humana como metástasis de tanto camino equivocado. Contra eso se rebela este libro.

Y en ese proceso de desnudamiento de lo aprendido, hay dos frentes a los que los poemas se entregan con ferocidad: el tiempo y el yo. Porque es necesario derrotar y desmantelar el tiempo y su tiranía lineal, por ello el tiempo se desplegará en sus innumerables planos, momentos y espirales, lugares y personas. Como una suerte de mística cubista. Intentando mostrar el todo de algo que por definición es inasible. Porque eso es romper la brújula que desde el nacimiento nos señala el camino preciso hacia el final inevitable. Y así es que sucede que Hoy la muerte no está (p. 144). Ese despojamiento del tiempo se conjugará, inevitablemente, con una liberación de la soga del ego (p. 152). Si uno nos conduce y el otro nos limita, la rebeldía es borrar esas fronteras. Vomitar el agua de brújula para intentar estar en el mundo de otra forma. Una forma donde la belleza pueda someter a la pesadilla, donde la naturaleza entierre bajo sus dunas toda barbarie humana, producto de la servidumbre al tiempo y a la individualidad. Frente al materialismo enfermo capitalista: la poesía. Como antídoto o carta de navegación. Frente a la vulgaridad pactada el, tal vez ingenuo, retorno al hombre hecho de/en naturaleza. A la placenta del origen, donde el rito y el asombro pintaban la vida de colores intensos.

Así, dentro de esa búsqueda/pérdida se atraviesan diferentes planos (composición cubista) o Tiempos, como se llaman cada una de las desordenadas secciones. Cada tiempo, cada espacio, como huella necesaria que deshacer: los signos de la ciudad, de los bosques o de los desiertos; del mar, donde se yuxtaponen las metáforas preciosas con la realidad despiadada de los migrantes ahogados o los desastres ecocidas. Como ocurrirá también con el espacio-tiempo del inconsciente disuelto en un ritual lisérgico tan antiguo como la propia poesía (Tiempo 8). Algo parecido a lo que ya propusiera Arthur Rimbaud. Seguimos ahí después de tantos años. La trinchera alucinada de la poesía frente al mundo-máquina. El intento de ser como esa Ella que aparece de vez en cuando en el libro, una Ella libre, sin brújula, que vive el reino de la belleza y del amor pese a la dictadura cotidiana de lo previsto.

El niño que bebió agua de brújula se me antoja un libro necesario, destinado a durar. Confirmando que la poesía española perdió, afortunadamente, el Norte y que en la dispersión de las voces y las estéticas los lectores hemos salido ganando. Libros como este siguen haciendo falta, aunque solo sea para intentar responder, en vano, a preguntas tan cruciales como ¿Qué ocurre con los profetas que dudan o con los ancianos la primera vez que ven el mar? (p. 185).


El niño que bebió agua de brújula. Por Laura Giordani (y su más que recomendable blog)

Abrir las páginas de El niño que bebió agua de brújula (Calambur, 2011) de Julio Mas Alcaraz implica el inicio de un viaje que no tiene nada que ver con itinerarios prefigurados, un viaje en el que las mismas nociones de partida o llegada pierden su sentido. Más bien, invitación a adentrarse en un territorio donde las brújulas enloquecen y pierden toda utilidad. Un viaje del que no saldremos indemnes porque ese agua de brújula que nos van administrando pacientemente desde la infancia, imantada por los puntos cardinales de la costumbre, la repetición, lo programado (familiar y culturalmente), es precisamente el tóxico que deberemos purgar si deseamos recuperar algún atisbo de libertad espiritual.

Encontramos aristas muy interesantes en la construcción del poemario: multidimensionalidad, fractura de la concepción lineal del tiempo, un cuestionamiento feroz de lo que significa “progreso” individual y colectivamente “Algunos creen que el tiempo conserva dirección y progreso. Como si los rostros fueran inmutables y no un mecanismo del dibujo” (Pág. 16); el libro va desplegando ante el lector una tierra ardiente en la que vivos y muertos se cruzan o vuelven a agonizar ante nuestros ojos por gracia del dolor atemporal que nos atrapa en su red. O donde cualquier madrugada podemos acunar al cadáver del niño dañado que fuimos.

Hay una fuerza poderosa hilvanado lo fragmentado y que recibimos como temblor, pero sobre todo, como un don y es la intensa piedad que recorre sus más de doscientas páginas. Un descentramiento que permite al poeta estirar los límites del yo para empatizar descomunalmente con todo lo viviente, con todo lo dañado. “ Me gustaría/ dormir con una mano atada // a la rama de aquel roble cortado” ( Pág. 112) Esas fronteras personales son puestas en crisis, esos contornos –cuya nitidez está más que cuestionada - que nos separan del mundo. Una compasión inusual y muy de agradecer, similar a la que irradia el poema “Lack of evidence” por ejemplo, en el que el poeta escocés John Burnside da voz simultáneamente a la niña desaparecida y asesinada, a sus padres y al homicida en una polifonía arriesgada y conmovedora.

La palabra poética de Julio Más Alcaraz recorre no sólo esos pasajes que llamamos tiempo, sino también los distintos espacios (y los objetos que los habitan) por los que transcurrimos: oficinas, camas de hospital, centros urbanos, bosques y esos territorios indecisos entre la ciudad y el campo, paisajes de la periferia con todo su abandono y enigma. Esa gracia es imparable e ingresa en la jeringuilla de los drogadictos, en las mecedoras orinadas de los viejos, en el cachorro muerto que lleva un niño. No es casual que el epílogo esté precedido por estas palabras de San Juan De La Cruz: “Solo si el amor pasa a ocupar el sitio de la razón se convierte en camino de trascendencia”

El niño que bebió agua de brújula da cuenta del daño no sólo infligido por el ser humano a sus semejantes, sino a todos los reinos a los que arrastra en su corriente ciega al desastre. Y también vuelve “a unir, a escondidas, los eslabones/ de los péndulos de los zahoríes” para encontrar esa otra agua emancipada frente a la que todas las brújulas confiesan su derrota.

 
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jueves, 5 de abril de 2012

Nuevas reseñas para "El niño que bebió agua de brújula"

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Dos generosas reseñas por parte de dos magníficos poetas

Revista Mercurio, número 138, febrero de 2012, por Javier Lostalé

Escritura Universo

Hay libros de poemas que desde su mismo título abren dentro del lector una multiplicidad de significados y un ámbito de misterio. Es lo que sucede con el segundo poemario de Julio Mas titulado El niño que bebió agua de brújula, publicado por Calambur, donde —entendemos— aparece la infancia, el agua en su sentido lustral o bautismal y la brújula con su dirección tantas veces marcada por el destino en el caso del ser humano, y que, unida al agua, puede ser —y cito a Antonio Gamoneda, a quien se debe el frontispicio del libro— “sed de desvarío”.

Hay libros cuya escritura es un universo por la amplitud de contenidos y por la interacción de géneros (narrativo, escénico, cinematográfico), sin que en ningún momento se desvirtúen el lenguaje y la tensión poéticos. Estamos ante uno de ellos, fruto de la fuerza simbólica e imaginativa de un poeta ya con mayúsculas, conocido hasta ahora por su labor de traducción de la poesía norteamericana contemporánea. Estructurado en ocho tiempos y un epílogo, El niño que bebió agua de brújula nos apresa desde el primer momento con la idea de que se nos va a contar algo, y que seremos habitados (siempre la poesía nos habita) por un presente, un pasado y un futuro con “sorpresa” que no es sino la vuelta al principio, enmascarado tras el índice en los dos textos finales, cerrándose de este modo el círculo. Hay a veces también en este poemario un sujeto lírico y un narrador que respiran en versos que ocupan los lados izquierdo y derecho de la página, y no faltan personajes ni un concurrente monólogo interior. La historia que el propio autor nos comentó que quería narrar es la de alguien que, tras perder a su amada, enloquece y debe ser internado en un psiquiátrico (lo que queda reflejado al principio del libro), del que sale dispuesto a encontrar un nuevo amor a través de un viaje con resultado positivo, salvo esa “sorpresa” aludida, pues como escribe Julio Mas refiriéndose a la presencia de la amada: “Ella no está, de nuevo. Porque ya era tarde la realidad cuando llegó el ser. Era verdad lo eterno. El tiempo podía quedarse fuera. Definitivo en su inexistencia”.

Historia en la que no necesita el lector pensar para sumergirse en el mundo íntimo y colectivo, racional e irracional, onírico y visual de esta obra, creada mediante una escritura abierta a todos los sentidos, llena de radiaciones, con una gran fuerza visionaria y una imaginación engendradora, en la que la realidad y la ficción se entreveran y la Naturaleza dota a todo de una energía primaria y de una verdad y una desnudez cósmicas, como cuando se trata de los que mueren en su travesía en pateras: “Pasan cadáveres flotando. Las olas los saltan y mueven sus / largos cabellos de emigrantes…”. Cósmica es también en este libro la soledad; y el amor, tendente a la fusión de los amantes y a injertarse en lo eterno y universal. Y hay asimismo una visión panteísta de ser en todo, una fe en el poder liberador de los sueños y una conciencia de la realidad escindida en que vivimos, de la existencia ilusoria conocida como “dualidad”. Muy importante es, igualmente, la presencia de la ciudad como un organismo más y la tensión emocional que presta la infancia, la imposibilidad de volver a ella. Julio Mas ha conseguido con El niño que bebió agua de brújula alumbrar una escritura universo en la que caben inagotables lecturas.

http://www.revistamercurio.es/index.php/revistas/724-43poesia


Suplemento literario El Perseguidor, por Jorge de Arco

Con una dicción arriesgada y una original conciencia creadora, Julio Mas Alcaraz (Madrid, 1970) suma su segundo poemario con “El niño que bebió agua de brújula” (Calambur. Madrid, 2011). “Nuestras madres, de pequeños, cada mañana, nos daban una cucharada de agua de brújula”, escribe. Y de aquellos sorbos de infancia, se mojan estos poemas que, también son apuntes, reflexiones, sentencias, sorpresivas pinceladas que
dibujan un tiempo que respira incertidumbre: “Y la identidad que se muda, / el uno, como/ el desconocimiento, soy. / El aire
en lo hundido”.

En su frontispicio, Antonio Gamoneda anota que, “la luz es albergue de tiniebla, pero la luz/ es una cápsula plenaria”. Y de lumbre y de sombras, dice y mucho, Julio Mas Alcaraz en estos versos que fluyen como ríos, corriente abajo, en busca de “lo inorgánico y lo eterno”. Consciente de que
la soledad es un dulce juego donde nace y muere la inspiración, su discurso marca una fina línea de plata por donde cruzan plurales objetos, inquietantes paisajes,incandescentes protagonistas…, materia
exacta, al cabo, para sus textos. Pero sobre ellos, se alza un yo lírico que se mantiene alerta y vigilante: “En la mente detenida
no existe un lugar del que no forme parte y sea: las cumbres, las piedras, la arena. También soy las orillas. Soy todas esas cosas y todas ellas son yo”. Y en ellas, el autor se copia y se refleja. Y sale victorioso de una apuesta personalísima y desobediente.

 
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domingo, 19 de febrero de 2012

El niño que bebió agua de brújula, en Nayagua

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La excelente revista que coordina Julieta Valero para la Fundación Centro de Poesía José Hierro se ha subido a las nubes digitales y ahora también se puede encontrar en formato digital:

http://www.cpoesiajosehierro.org/web/front.php/publicaciones/revista-nayagua/item/nayagua-16-nuestro-primer-numero-digital

He tenido la inmensa fortuna de que en el nuevo número de Nayagua se encargue de la crítica del Niño nada menos que Antonio Ortega, para mí uno de los mejores críticos de poesía de España. Ahí le dejo:


La escritura de Julio Mas Alcaraz (Madrid, 1970) exige que la imaginación del lector siga el proceso del poema y no se quede únicamente en su sentido, pues si es misteriosamente transgresora de los límites, lo es porque en ella la palabra se identifica con la inmediatez misma de la conciencia. Es una asombrosa reflexión sobre la condición humana, la infancia y la memoria, el desamparo y el dolor, sobre el mundo como parte esencial del universo. El lector deberá dejar de luchar en contra de la ansiedad del significado y mirar para ver entre el hábil deslizamiento de planos y los entrecruzamientos de un montaje poético invisible, pues la memoria es parte de una comunidad inmaterial y profética: “cada cuerpo contiene una esfera y una profecía”.

El libro traza un itinerario fascinante sobre el mapa de la geografía humana, a través de “el orden de una memoria que entiende tu dolor”. Pero además del libro de la memoria, lo es de la conciencia crítica: “Hablemos de densidades, del agua y del mercurio. O de lo que no tiene conciencia de ser. O de lo que tiene conciencia y habla en duermevela”. Una especie de nuevo objetivismo, una suerte de poesía de las cosas, eso que Rilke denominaba el “espacio interior del mundo”. La cartografía intensa de lo que nos rodea y somos. Sus poemas son criaturas de un habla interior, una voz que se repliega sobre sí misma, se concentra y regresa a su propia fuente, “a veces llamamos origen a todo aquello con el mismo valor que una pesadilla”, y se ajusta al orden del mundo que quiere expresar, pues “el cielo se expande en ondas cuando le lanzan piedras”. Pero nada es aquí explícito, lo que aparece se muestra en el poema. La clave es esa voz que habla y que es el ritmo y la escritura de la conciencia, pues “la conciencia le arrastra hacia su propio abismo”.
Uno de los rasgos que distinguen mejor la poesía de Mas Alcaraz es el control sobre el desarrollo de un poema que surge de un punto y vuelve a él, para enriquecerlo y poder ver la amplitud de su recorrido, las sucesivas relaciones que se van creando: “La paradoja / del cruce y volver/ si la salida/ y círculo/ que nunca”. La lucidez de la trama en la construcción del poema. Un lenguaje que para revelar hace uso extremo de sus cualidades expresivas, abierto al vuelo imaginativo de experiencias profundas. Por eso su tendencia a lo simbólico, a la imagen múltiple y vibrante. Las palabras fulgen en su intensidad, en su actividad interna, porque quieren dar envoltura carnal a la angustia, la soledad, al desamparo de la existencia y a la propia muerte, al cuerpo fragmentado y a veces desintegrado, a “la obscenidad de los desgarramientos”.

El centro al que se vuelve siempre, casi como a un espacio sagrado, es el de la infancia. Decía el chileno Humberto Díaz-Casanueva que “el poeta se caracteriza porque conserva en el fondo de su ser un niño permanente y mágico que contribuye a la creación poética con sus alegrías, sus dolores, sus crueldades, su capacidad de asombro ante el mundo, su gusto por lo maravilloso”. Son los ritmos de la memoria. Una continua metáfora sin recurrir a los medios habituales de la metáfora, un ritmo intenso sin apelar a la emoción patética ni a la belleza convulsa, porque su lenguaje parece estar siempre nombrándose a sí mismo, dominando el espacio y el mundo que su palabra designa, dispuesto en metáforas orgánicas: “Es el desorden de la pertenencia. / El intenso borrado de las palabras / para escribir de nuevo sobre ella”. La alianza entre seres, objetos y sentidos, anuncia la disolución de cualquier hiato entre lo de más allá y lo de acá, acaso sólo la percepción de existir. Sobrecogen las metamorfosis de su escritura, el caos bullente de sus imágenes, su intensidad visionaria. “El tiempo mayor que lo es todo”, el tiempo visto como una fuerza material que se instala en los seres y en las cosas contaminándolos de su propia sustancia. Ahí empieza a dibujarse el rostro final del libro: “Para ti, el tiempo es el vacío que se expande; para mí es un vaso, una cuchara y una sustancia insoluble a la que doy vueltas”.

Sus versos tienen un flujo largo y dilatado, con un ritmo propio y particular, un modo de dicción rematado conforme al agolpamiento de abundantes imágenes visuales, plásticas, una acumulación casi agresiva, capaz de suscitar una realidad que se dilata, dotada de una luz intensa, que tiende a expandirse para ver más allá de todo límite: “El extremo, el límite, / para que nunca / sea poco”. Es la perspectiva del mosaico lo que permite considerar como estructura la totalidad de un discurso poético que se desgrana en imágenes insólitas, capaces de transfigurar cualquier realidad. Una sintaxis abierta, potenciada por las interacciones del significante, por el denso soporte lingüístico de ese bazar desbordante de signos de una escritura que hace suya una constante ley asociativa: “Piedras en piedras significan al signo”.

A pesar de la explicitud del discurso, hablar de surrealismo en este universo personal, entre la realidad y la ficción, sólo sería posible a condición de adscribir genéricamente estos poemas a una percepción anómala de la realidad. Una entre las muchas posibilidades que se abren cuando se rompe el usual sistema que une y relaciona las cosas a las cosas, y las cosas a las palabras. Una especie de surrealismo más profundo, donde la experiencia se hace compleja, porque aquí no se busca el sentido del mundo más allá de su apariencia, ni se evita el estado de vigilia de un ansioso deseo de omnipotencia. Por el contrario, se elude cualquier rígida división u ordenada asunción, para así devolver a la conciencia su espesor potencial, colocando en el mismo plano la historia y lo imaginado de la historia, el sentido común y la quimera, según la lógica que avala toda lógica, ya venga de un riguroso pensamiento aristotélico o del escurridizo y fugaz viaje de la mente: “el desorden espiritual frente a la lógica // hacia el instante anterior al pensamiento”.

Una búsqueda no sólo estética, sino ética y existencial. La identidad parece estar en las cortezas que recubren al yo, en sus ángulos de desviación. Uno está siempre en sí, pero hay que salir del yo para dar cuenta de lo que se ve y de lo que se piensa. La potencia y novedad, el avance de la escritura de Mas Alcaraz, viene de romper con una mirada ajustada a la cortedad descriptiva de frescos costumbristas y domésticos, para hacerlo desde una mirada reflexiva y apelativa, una mirada que pasa a través de la vida, que no la fosiliza, ni la interpreta, ni la describe, que “necesita alejarse de cualquier espacio en lo común”. Y una poesía que abandona el reconocimiento de la mera representación, es por fuerza una poesía inconformista. Un discurso en contra del discurso, sujeto a los azares de la vida. Acaso una ficción épica, pues “hay senderos que se extienden de sí mismos más allá de lo que eran”.

Quien esto escribe debe dar las gracias, porque en su lectura, este libro supo hacerle inseguro, arrastrado por la tensión del habla ininterrumpida de un pensamiento radical que se ejerce en el momento mismo de la expresión. Al lector decirle que lo que aquí va a encontrar es algo que aún no sabe, y que acaso deba aprender: “Tú eres la distancia ahora. Eres el espacio y el tiempo por separado. Tu imagen y tu idea. // Todo lo demás, quienes me rodean, hablan, se desvanecen, y tú detrás, sólo tú. En la vuelta. En la imposibilidad del presente”.

 
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jueves, 12 de enero de 2012

Luis Bagué Quílez sobre El niño que bebió agua de brújula

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El pasado 29 de diciembre, el poeta y crítico Luis Bagué Quílez publicó esta reseña muy bien detallada y documentada en el Diario Información de Alicante.

Líneas de fuga

El niño que bebió agua de brújula se parece más a un fractal, a un caleidoscopio o a un rompecabezas que a un libro de poemas. Por eso, su lectura supone un desafío para el crítico que acostumbra a rastrear genealogías literarias y a buscar parecidos de familia. Julio Mas Alcaraz (Madrid, 1970) ha traducido a John Ashbery y a Anne Sexton. Su nuevo libro se abre con un pórtico escrito por Antonio Gamoneda y se cierra (o casi) con un apartado de agradecimientos donde abundan los autores de las últimas promociones. Sin embargo, quien pretenda ver en estos datos una guía para navegantes está condenado a perder el norte. El niño que bebióÉ exige un crítico-cartógrafo, dispuesto a adentrarse en el mapa mudo de la página y a dejarse deslumbrar por la orografía que va emergiendo ante sus ojos.

Como aconsejaba Horacio, Julio Mas prefiere el comienzo in medias res. En una estructura rayuelesca, nos encontramos de entrada con el Tiempo 4, que el lector-espectador habrá de acomodar a la rueda cronológica propuesta por el poeta. En ese tiempo inicial se esbozan ya algunas de las características del conjunto: polifonía coral, flashes visuales, omisiones y elipsis violentas, fundidos encadenados y espejismos pronominales que nos obligan a cambiar constantemente de persona enunciativa. Desde la secuencia VII a la I, el escritor traza un peculiar viaje a la semilla. La modulación lírica se define por una distancia que remite a las tinieblas de ultratumba o a la ucronía neonatal. Entre brumas, escorzos y perfiles difusos, avanzamos hacia la des-figuración de una novela autobiográfica.

El dispositivo simbolista cristaliza en Tiempo 1 y Tiempo 2, en cuyos fotogramas confluyen el mundo exterior y el esqueleto interior, la descomposición orgánica y la composición de la mirada. Flores de plástico, pájaros de cristal, cámaras de vigilancia o minuteros sin agujas son algunos de los objetos encontrados en una Oficina que nos recuerda a las del Lorca neoyorquino y a las de Edward Hopper. De hecho, la plasticidad de las imágenes y el lenguaje de la desolación construyen un paisaje que no es ajeno al compromiso con lo humano ni a la vocación trascendente. Así, no es extraño que las alas de un mirlo muestren las cicatrices de la deforestación, o que el sueño de libertad de un guacamayo planee sobre "las largas colas de parados". Con todo, esta preocupación socioecológica no es incompatible con una perspectiva omnisciente, que se eleva sobre las luces de neón, la geometría de los tejados o los túneles del metro para atravesar el umbral de lo visible.
El siguiente apartado, Tiempo 3, indaga en los contraluces de la identidad y en las paradojas de un yo abismado en el laberinto de la soledad. Los miedos de la infancia y el vértigo de la edad adulta se desplazan en Tiempo 5 hacia el territorio de la naturaleza. El autor despliega aquí un caudal expresivo cercano a la intensidad de la greguería (El cielo se expande en ondas cuando le lanzas piedras), o proclive al desarrollo lógico del aforismo (Mis manos tocan la tierra y hacen surcos. // Ser lo mineral, lo / inorgánico y eterno). El aquelarre de las fuerzas elementales y el arrastre cosmogónico impregnan las marinas tempestuosas del Tiempo 6 y las arenas movedizas del Tiempo 7. A su vez, el Tiempo 8 se centra en la aleación entre la divinidad y la muerte. En estas secuencias coexisten la escalera de Jacob que conduce al desorden espiritual, la voluntad panteísta y la desemantización del sujeto y del lenguaje: ese desidentificar / desconocer / irreductible que limita con el balbuceo de la mística.

Precedido por una cita de San Juan de la Cruz, el Epílogo transita entre la búsqueda de la armonía y la constatación del caos. Los poemas Shaktishiva en gaudia amoris y Noche de San Juan mezclan y agitan los mitos fundacionales y las preguntas eternas, el origen y la devastación, el sueño y la vigilia, la revelación sacralizada y el vitalismo paganizante, la profecía del verano y la sufriente "parábola del hombre". El Contraepílogo, banda sonora para los títulos de crédito, certifica el fin del trayecto: Tu exploración de lo posible ha terminado. En definitiva, El niño que bebió agua de brújula es un libro singular y distinto, que nos descubre a un autor dotado de una imaginación prodigiosa y de una voz personal. He aquí un auténtico sleeper poético.

 
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martes, 3 de enero de 2012

¿Qué he hecho yo para merecer esto?

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No sé por qué me viene a la cabeza el título almodovariano en unas navidades que han sido, sin incluir lo literario, agitadas y removidas, como los cócteles excesivos, pero a la vez llenas de vida y futuro. El hecho de estar siempre afuera, de no poder leer las cosas físicamente en su momento, me ha hecho ver todo como si no fuera mío. En realidad ya no creo que lo sea. Con el tiempo los libros se independizan de sus autores, adquieren vida propia y se marchan de casa a buscar mejores compañías que las del autor pesado, incapaz de dejar en paz los textos, incapaz de dejarlos crecer.

De entre las noticias aparecidas tendría que destacar dos de estos hijos ya independientes. Me hizo mucha ilusión ver El juramento de la pista de frontón, Calambur, entre los 20 mejores libros del año (25 si se lee la letra pequeña) en Babelia (El País). Mi hizo mucha ilusión porque es un libro extraordinariamente complejo y vanguardista. Que a pesar de lo anterior el libro se meta en una lista de estas características, que incluye ficción, ensayo, no ficción, me parece un mérito que le paso directa y completamente a mi querido Ashbery:

http://blogs.elpais.com/papeles-perdidos/2011/12/los-mejores-25-libros-de-2011.html

Una ilusión similar me produjo ver El niño que bebió agua de brújula, Calambur, entre los 5 mejores libros de poesía del año en El Cultural (El Mundo). 2011 ha sido un año de libros excelentes de poesía, libros tan buenos o mejores que el mío y que no están en esa lista. Me sentí extraño porque las cuatro personas que me rodean llevan ejerciendo la poesía desde antes que yo naciera. Me dijo un poeta grande y admirado que eso no debía preocuparme porque esos autores también habían sido jóvenes. ¡Cómo si yo lo fuera! Y me sentí extrañamente bien acompañado porque, aunque estéticamente mi escritura nada tenga que ver con la de estos señores y señora, mi respeto no puede ser mayor hacia artistas que llevan tantísimos años en el imposible mundo de la poesía.

http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/30298/El_regreso_de_los_clasicos_del_siglo_XX

Como suelo hacer de vez en cuando dejo aquí una reseña, en concreto la que escribió A. Sáenz de Zaitegui y que debió tener su influencia en la lista de El Cultural. Aunque sea excesiva en los adjetivos dirigidos a mí, creo que acierta de pleno en la parte que se refiere puramente al texto, y demuestra una capacidad de lectura y análisis profundos junto con una pasión lectora digna de elogio:

«Los poetas escriben poesía. Los creadores crean mundos. Para escribir poesía basta saber un idioma y saber escribir. Para crear mundos conviene, además, tener voluntad de dios. Julio Mas Alcaraz la tiene.

Da vértigo. El niño que bebió agua de brújula no es poesía: es un proceso. Se experimenta ansiedad, fascinación, otros modos de ser humano. No pertenece a la estirpe literaria: comparte ADN con mecanismos artísticos más sensoriales, como la geometría hiperbólica o el cine lírico. Reducir esta poesía a categorías estables, como el irracionalismo o el onirismo, es no leerla en absoluto. Las alucinaciones no son inducidas, sino una decisión de la mente creadora: “respiro pero no logro moverme/ si no es un sueño/ ni un sueño en el adentro/ de un sueño/ si a pesar de que luche/ no consigo gritar/ uno de esos seres deformes/ se sienta sobre mí/ con una media/ en la cabeza/ si un olor dulce/ a carne cruda”.

Amo de la materia que maneja, Mas Alcaraz gobierna su Niño con mano que no tiembla. Partido en ocho fases más un epílogo (y no sólo), el discurso se abre con el Tiempo 4, porque quien domina el caos puede imponer el orden que se le antoje. Las voces son decenas: Chamán y Hombre, dioses y hombres, animales y hombres, todos coexisten en belicosa paz dentro de este territorio autónomo donde cabe el aire más alto y el mar más profundo, episodios de claustrofobia urbana y la historia universal de la naturaleza virgen.

Poco importa lo lejos que el poeta nos lleve, ni la exultante sensación de sabernos en un bucle del que ni podemos ni queremos salir. Siempre estamos en el mismo punto, es la poesía la que se mueve, como los trenes de Einstein. El corazón del poeta es nuestro sitio. “En la mente detenida no existe un lugar del que no forme parte y sea: las cumbres, las piedras, la arena. También soy las orillas. Soy todas esas cosas y todas ellas son yo”. El panteísmo se vuelve ateo: en torno al poeta gira su creación. Nosotros, lectores, sólo somos una criatura más.

Deconstruir el sistema poético de Mas Alcaraz es una utopía a la que nos gusta aspirar: la sintaxis se cierra, el poema se blinda, su lenguaje es una fortaleza en la que nos sentimos a salvo, acogidos por una lógica humanamente posible: “Desnudo,/ sobre su piel, heridas rojas/ como las que marcan la carne/ de los melocotones”. Es la otra revolución tecnológica: el ensamblaje de estos versos no es trabajo manual, sino ingeniería de la mente. La técnica de Mas Alcaraz consiste en secuencias de palabras semánticamente neutralizadas, porque no están ahí para significar nada que los diccionarios tengan previsto: son encarnaciones de ideas, pura sustancia conceptual. “Shaktishiva en gaudia amoris” - el poema epicentro- supone el fin de la metáfora por disolución de la enunciación, la conciencia, la distinción entre yo y lo que no soy yo. Es poesía que funciona como el déjà vu, los sueños o el olvido: los llevamos insertos en el hard drive, pero nuestro cerebro no puede explicarlos, ni siquiera comprenderlos, no digamos ya controlarlos: “Si me preguntas por el orden de la memoria te diré que entiende tu dolor”. Reconozcámonos en el verso, permitámosle que modifique nuestra percepción. Conozcamos más, seamos más.

Describir a este niño y esta agua como poesía postsimbolista no es legítimo. Mas Alcaraz no es postnada ni postnadie. Es su propio poeta, una persona literaria sin deudas. Insultante en su superioridad avant la lettre, El niño que bebió agua de brújula construye un mundo hacia dentro, agujero negro que todo lo absorbe: nuestra posición en el espacio-tiempo, la inteligencia subconsciente, la suma de todos nuestros miedos. “Así se comunican en sus cielos”. Un reguero de luz entre rocas oscuras. “Así guío a mis ojos con tus sueños”. Poesía radical de la imaginación volcánica.
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viernes, 9 de diciembre de 2011

Presentación de El niño que bebió agua de brújula

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El próximo martes 13 de diciembre, a las 20.00 horas, en la sala Valle Inclán del CBA, presentaremos el libro El niño que bebió agua de brújula. Nos encantará contar con vuestra presencia.




 
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lunes, 21 de noviembre de 2011

Reseña de El niño que bebió agua de brújula en Revista Encuentros de Lecturas

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Los textos de El niño que bebió agua de brújula, el último libro de Julio Mas Alcaraz que publica Calambur, crean su propia lógica, construyen un contenido semántico autónomo y se vinculan entre sí con una sintaxis secreta y coherente.

La vinculación estética de Julio Mas Alcaraz con John Ashbery -de quien hizo una celebrada traducción de El juramento de la pista de frontón- y con Antonio Gamoneda, que firma el texto introductorio, Frontispicio para Julio enloquecido por los límites, lo convierte en un poeta ambicioso y consciente que encarna el modelo de la escritura inconformista y se rebela contra las limitaciones de la realidad, de la existencia y de las palabras, porque vive la “sed de desvarío” que destaca Gamoneda en su presentación y sabe que, como dice el maestro, “la verdad es necesariamente incomprensible.”

El niño que bebió agua de brújula -Nuestras madres, de pequeños, cada mañana, nos daban una cucharada de agua de brújula- es una incursión en el subsuelo del dolor y en la noche, en la pregunta y en el grito, un libro sustentado en la intensidad emocional más que en la articulación racional de la realidad o de las secuencias temporales.

Porque estos poemas organizan su tiempo en “el orden de la memoria” que entiende el dolor y el vacío de las pérdidas. Porque este es un libro dictado por el dolor, escrito con tinta amarga y con la lluvia detenida en el frío de la noche del desamparo y del grito:

En la ira de tu muerte corto mi cara y lleno la ciudad de aullidos.

Este es un libro visionario, duro y punzante en el que los abismos existenciales y los vacíos vertiginosos se salvan a través de la palabra y la memoria, porque “el dolor más agudo y lento busca el recuerdo” para recomponer el orden de un mundo que ya es un espejo roto en mil fragmentos.

Y desde lo mineral, desde la degradación de lo vegetal y los bosques incendiados, desde los pájaros enfermos, el poeta se remonta a las montañas, baja a los infiernos, a los desiertos dunares y a los mares contaminados para remontarse al árbol y exprimir la pulpa de la granada y para oír la circulación de la savia blanca de la higuera.

Porque al final, como en el Canto de San Juan que cierra este libro, aquí se celebra un nacimiento, no una muerte.

Santos Dominguez
Revista Encuentros de Lecturas

 
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viernes, 28 de octubre de 2011

Poemas de El niño que bebió agua de brújula en Sopa de Poetes

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Hace ya  tiempo que Pepe, Óscar y Mariano crearon Sopa de Poetes, y con rapidez se han convertido en un referente de poesía en la radio. Con un enfoque corrosivo, humorístico y deliciosamente desvariado, han logrado aglutinar a un público de culto, afortunadamente tan loco como ellos.

http://www.elpratradio.com/WEB/ALACARTA/index.php?id=13&descripcio=Sopa%20de%20Poetes%20%2811/10/2011%2020:00h%29&mes=10&url=20111011200001.mp3

El día 11 de este mes tuvieron la deferencia de leer algunos poemas de mi nuevo libro, en un programa que se leyeron poemas de otros autores, algunos más que consagrados, como Luis Rosales.

Para quienes no pueden leer sus programas en directo, se pueden escuchar en su web:


http://www.elpratradio.com/

Con aire ochentero, la movida catalana que también existió, es una suerte escuchar su combinación de ironía y la mezcla de poemas a la vez. Gracias Soperos, por vuestra labor. Espero que sigáis muchos años con ese sentido del humor. Una abraçada forte y gracias a Óscar por la cuidada lectura.

 
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