domingo, 8 de julio de 2012

Tres reseñas, tres



Tres críticos y escritores magníficos han hecho reseñas de El niño en los últimos meses. Los ubico por orden cronológico, con todo mi agradecimiento por su labor de divulgación.


Culturamas, abril de 2012. Por Pilar Martín Gila

Como es sabido, lo que da cuenta del desorden es la voluntad de ordenar; el desorden como una espera que el orden quiere resolver (podría decir Barthes). Tal vez, en una primera instancia, podemos observar el poemario de Julio Mas Alcaraz como un trabajo sobre el desorden, o la desorientación, de un mundo que para encontrar ese norte que señala una aguja imantada sobre el agua, ha de entrar en el agua misma. Esto hace Julio Mas: sumergirnos en otras corrientes. El lector sabe que está en otra relación por la referencia numérica en los Tiempos y los poemas, y sabe que está en otra construcción porque lo dicho se sitúa en la zona intempestiva de algo que se vive en lo inaccesible. Así, en el Tiempo 4, que inicia el poemario, tras el Frontispicio de Gamoneda, el orden inverso en la numeración de los poemas, deja la impresión de haber caído en un remolino que arrastra hacia uno de los centros posibles. Y ahí comienza la visión, en la encrucijada de secuencias de un mundo duro, enmarañado, el quebrado espinazo de toda bestia contemporánea, como lo escribió Mandelstam en su siglo, y cuya fuerza aquí radica en distinguir, desde dentro de la maraña lo que es y no es maraña. Veo al macho que se aproxima a las crías; al ser vivo que devora al ser vivo; al hombre ahogando galgos de las ramas. // Pero hay fresnos que mueren despacio cubiertos de líquenes naranjas. Y rocas que en su interior guardan una antiquísima gota de agua. […]

Y distinguir hace posible volver a ligar, que unas cosas del mundo tengan relación con otras cosas del mundo, esto es lo que hacen los poetas, y lo que hace la memoria cuando invoca más allá de su propio recuerdo, una primitiva religión en su sentido de religar, un acto en el que todo vuelve a anudarse. Es posible que algunos de mis antepasados / fueran hacia el este / […] / locos que mientras el resto cazaba / ataron las cuerdas que unían el cielo a la tierra / y pintaron caballos, venados y serpientes / para seducir en secreto a las hechiceras. // De ellos descendemos los poetas. Es el fondo común del que emerge el individuo y celebra ese nacimiento en lo concreto como una experiencia universal. Que no apaguen las hogueras esta madrugada. / Que las bandas de música se metan desnudas al agua y esperen siete olas mientras la rueda llameante desciende girando desde lo alto de una montaña hasta llegar a la costa. / Que no mueran los niños por un día. // Porque juntos preparamos las memorias de sus voces. […]

Y al final, cerrado el último poema, hechos los agradecimientos e indexado el desorden, la apertura de un camino escondido, que por tener su espacio secreto, no conviene aquí desvelar.

Tu exploración de lo posible ha terminado. Y ahora, méceme. Como jamás pensaste que lo volverías a hacer.


Quimera, número 342, mayo de 2012. “Ejercicios de mística cubista". Por Raúl Quinto

Conocido principalmente como traductor de poesía estadounidense, Julio Mas Alcaraz (Madrid, 1970) nos ofrece con su segundo poemario, tras Cría del ser humano (Vitruvio, 2005), uno de los libros más estimulantes de los últimos años. Una guía para perderse de uno mismo, y, de paso, de la poesía más reconocible y gastada. El niño que bebió agua de brújula alude directamente a cada uno de nosotros, como actores-marionetas de un mundo donde todo está aparentemente decidido de antemano. Dice Mas: Nuestras madres, de pequeños, cada mañana, nos daban una cucharada de agua de brújula (p. 32). Para no perder nunca el Norte, para no extraviarnos de lo que se supone que ha de ser. Y este libro es un compendio de estrategias para rebelarse. Un manual para el desaprendizaje del mundo.

Algo tan antiguo como la mística. Enajenarse del uno, del tiempo y del espacio, desubicar las coordenadas de lo real. Eso. Si nos tienen dicho que lo real es la sucia urgencia de las cosas. Rebelarse. Y Mas lo hace ya desde la cita de Baudelaire que abre el libro: una declaración de guerra que reclama lo espiritual frente a la carcoma del mundo. Una vulgaridad que el poeta señala con el dedo para subvertirla. Las cadenas de la tecnología y el falso progreso, la crueldad humana como metástasis de tanto camino equivocado. Contra eso se rebela este libro.

Y en ese proceso de desnudamiento de lo aprendido, hay dos frentes a los que los poemas se entregan con ferocidad: el tiempo y el yo. Porque es necesario derrotar y desmantelar el tiempo y su tiranía lineal, por ello el tiempo se desplegará en sus innumerables planos, momentos y espirales, lugares y personas. Como una suerte de mística cubista. Intentando mostrar el todo de algo que por definición es inasible. Porque eso es romper la brújula que desde el nacimiento nos señala el camino preciso hacia el final inevitable. Y así es que sucede que Hoy la muerte no está (p. 144). Ese despojamiento del tiempo se conjugará, inevitablemente, con una liberación de la soga del ego (p. 152). Si uno nos conduce y el otro nos limita, la rebeldía es borrar esas fronteras. Vomitar el agua de brújula para intentar estar en el mundo de otra forma. Una forma donde la belleza pueda someter a la pesadilla, donde la naturaleza entierre bajo sus dunas toda barbarie humana, producto de la servidumbre al tiempo y a la individualidad. Frente al materialismo enfermo capitalista: la poesía. Como antídoto o carta de navegación. Frente a la vulgaridad pactada el, tal vez ingenuo, retorno al hombre hecho de/en naturaleza. A la placenta del origen, donde el rito y el asombro pintaban la vida de colores intensos.

Así, dentro de esa búsqueda/pérdida se atraviesan diferentes planos (composición cubista) o Tiempos, como se llaman cada una de las desordenadas secciones. Cada tiempo, cada espacio, como huella necesaria que deshacer: los signos de la ciudad, de los bosques o de los desiertos; del mar, donde se yuxtaponen las metáforas preciosas con la realidad despiadada de los migrantes ahogados o los desastres ecocidas. Como ocurrirá también con el espacio-tiempo del inconsciente disuelto en un ritual lisérgico tan antiguo como la propia poesía (Tiempo 8). Algo parecido a lo que ya propusiera Arthur Rimbaud. Seguimos ahí después de tantos años. La trinchera alucinada de la poesía frente al mundo-máquina. El intento de ser como esa Ella que aparece de vez en cuando en el libro, una Ella libre, sin brújula, que vive el reino de la belleza y del amor pese a la dictadura cotidiana de lo previsto.

El niño que bebió agua de brújula se me antoja un libro necesario, destinado a durar. Confirmando que la poesía española perdió, afortunadamente, el Norte y que en la dispersión de las voces y las estéticas los lectores hemos salido ganando. Libros como este siguen haciendo falta, aunque solo sea para intentar responder, en vano, a preguntas tan cruciales como ¿Qué ocurre con los profetas que dudan o con los ancianos la primera vez que ven el mar? (p. 185).


El niño que bebió agua de brújula. Por Laura Giordani (y su más que recomendable blog)

Abrir las páginas de El niño que bebió agua de brújula (Calambur, 2011) de Julio Mas Alcaraz implica el inicio de un viaje que no tiene nada que ver con itinerarios prefigurados, un viaje en el que las mismas nociones de partida o llegada pierden su sentido. Más bien, invitación a adentrarse en un territorio donde las brújulas enloquecen y pierden toda utilidad. Un viaje del que no saldremos indemnes porque ese agua de brújula que nos van administrando pacientemente desde la infancia, imantada por los puntos cardinales de la costumbre, la repetición, lo programado (familiar y culturalmente), es precisamente el tóxico que deberemos purgar si deseamos recuperar algún atisbo de libertad espiritual.

Encontramos aristas muy interesantes en la construcción del poemario: multidimensionalidad, fractura de la concepción lineal del tiempo, un cuestionamiento feroz de lo que significa “progreso” individual y colectivamente “Algunos creen que el tiempo conserva dirección y progreso. Como si los rostros fueran inmutables y no un mecanismo del dibujo” (Pág. 16); el libro va desplegando ante el lector una tierra ardiente en la que vivos y muertos se cruzan o vuelven a agonizar ante nuestros ojos por gracia del dolor atemporal que nos atrapa en su red. O donde cualquier madrugada podemos acunar al cadáver del niño dañado que fuimos.

Hay una fuerza poderosa hilvanado lo fragmentado y que recibimos como temblor, pero sobre todo, como un don y es la intensa piedad que recorre sus más de doscientas páginas. Un descentramiento que permite al poeta estirar los límites del yo para empatizar descomunalmente con todo lo viviente, con todo lo dañado. “ Me gustaría/ dormir con una mano atada // a la rama de aquel roble cortado” ( Pág. 112) Esas fronteras personales son puestas en crisis, esos contornos –cuya nitidez está más que cuestionada - que nos separan del mundo. Una compasión inusual y muy de agradecer, similar a la que irradia el poema “Lack of evidence” por ejemplo, en el que el poeta escocés John Burnside da voz simultáneamente a la niña desaparecida y asesinada, a sus padres y al homicida en una polifonía arriesgada y conmovedora.

La palabra poética de Julio Más Alcaraz recorre no sólo esos pasajes que llamamos tiempo, sino también los distintos espacios (y los objetos que los habitan) por los que transcurrimos: oficinas, camas de hospital, centros urbanos, bosques y esos territorios indecisos entre la ciudad y el campo, paisajes de la periferia con todo su abandono y enigma. Esa gracia es imparable e ingresa en la jeringuilla de los drogadictos, en las mecedoras orinadas de los viejos, en el cachorro muerto que lleva un niño. No es casual que el epílogo esté precedido por estas palabras de San Juan De La Cruz: “Solo si el amor pasa a ocupar el sitio de la razón se convierte en camino de trascendencia”

El niño que bebió agua de brújula da cuenta del daño no sólo infligido por el ser humano a sus semejantes, sino a todos los reinos a los que arrastra en su corriente ciega al desastre. Y también vuelve “a unir, a escondidas, los eslabones/ de los péndulos de los zahoríes” para encontrar esa otra agua emancipada frente a la que todas las brújulas confiesan su derrota.

 
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